Ariel Orama López

Buscapié

Por Ariel Orama López
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El gran problema

Abre la compuerta plateada del ojo que todo lo ve y todo lo (des)compone. Con un airecito “iluminati” y la minifalda negra de la Blondet, ya inició el programita de telerrealidad que muchos esperaban.

Mientras algunos celebran la entrada triunfal al artificio cotizado de camaritas y micrófonos -ese repleto de cristales, expectativas hollywoodenses y evidente humor negro- ¿cómo transcurre el “reality show” de nuestra telerealidad boricua?

En la Escuelita musical, un directorcito coral de educación dudosa utiliza todo menos el respeto -la burla, las palabras soeces y hasta la agresión física, alias jalones de brazos- para procurar que sus coralistas se sometan a lo que él considera como el “látigo del arte”.

En un tribunal lejano a lo “far far away”, una abogadita farandulera se une a una procuradora de lentes chistosos para “procurar”, a toda costa, que un menor sea expuesto en su contra a un alegado agresor de fama adinerada, alias su padre. Y nadie hace nada.

Una pastorcita conocida -y no de las de Belén- sigue utilizando cualquier estrategia bíblica para seguir sembrando odio en vez de amor entre las parejas del mismo género. Parece que olvidó el capítulo cuatro, versículo ocho.

En una mesa dorada, se reúnen un par de pseudohumanitarios para explorar las estrategias para utilizar los fondos de su fundacioncita, menos para los participantes que, precisamente, son “de riesgo” por razones “violentas”.

Cambian los protagonistas, mas no cambias las verdades. La violencia, en todas sus manifestaciones, no son un espectáculo de horario “prime time”. Menos aún, conforman una herramienta productiva para entretener, persuadir o educar. Ni en el arte, ni en la iglesia, ni en la esquina, ni en la escuela.

En cuestiones de violencia, no hay hiperrealidad que valga. ¡Que suene el telefonito rojo del respeto! Ya es tiempo de la llamadita punzante de la realidad.

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