Daniel Colón Ramos

Tribuna Invitada

Por Daniel Colón Ramos
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El Grito de María que nos parió la patria

Decía el reconocido poeta palestino, Mourid Barghouti, que el poder podía medirse con el simple ejercicio de examinar la capacidad de las personas para escribir su propia historia. “Qué diferente sería la historia”, decía “si se contase, no desde la perspectiva de los colonos llegando a las Américas, sino desde la perspectiva de las flechas de los indígenas que la habitaban”.  Si se quiere oprimir a un pueblo, no solo hay que conquistarlo. Hay que también escribir su historia.

La historia de Puerto Rico, en su mayoría, se ha escrito en otras partes. Desde las históricas decisiones de dónde pertenecemos como ciudadanos, hasta las recientes decisiones de la Junta de Control Fiscal, hemos sido los protagonistas ausentes de importantes acontecimientos en nuestra propia historia. La escriben otros, muchas veces velando por sus intereses.

Lo más que nos acercamos a la pluma de la historia es cuando cada cuatro años, en efusivo peregrinaje y con renovada fe, escuchamos atentos a esos mercaderes de esperanzas que llamamos “la clase política”. Hemos comprado sus cuentos con nuestros votos, y de ese cuento viven muchos. Y de tanto repetirlo, hemos internalizado que nuestros logros son gracias a otros, pero que nuestros fracasos como pueblo son netamente nuestros.

Con la llegada de María se vieron más claramente los logros y fracasos de nuestra sociedad puertorriqueña, y sus autores. Las fuertes lluvias le corrieron el maquillaje a la pantomima del aparato gubernamental, enfatizando feas muecas de corrupción e incompetencia. Pero si bien salieron cuentos de corrupción, también surgieron heroicas historias de autogestión. Si bien escuchábamos de los contratos de Whitefish, también aprendíamos de la autogestión del Pepino Power Authority, o la encomiable visión de renovación energética de Casa Pueblo. Leíamos noticias sobre desaparición de furgones, pero veíamos imágenes de compatriotas que se organizaban para enviar desde la diáspora aviones repletos de lo que fuese necesario. Escuchábamos al gobierno argumentar a brazo partido que solo habían muerto 64 personas, pero también conocimos sobre la incansable labor de los científicos y periodistas, quienes lograron revelar la verdad.

María desnudó a un país que no tuvo más opción que enfrentar las ineptitudes de la clase política y redescubrirse dentro de la fuerza de sus propias comunidades. Se fue la luz, pero se vio con claridad. Con sus ráfagas descubrió, bajo la hojarasca, un pueblo escondido, y retoñaron banderas puertorriqueñas. En las islas o en la diáspora se forjó una identidad colectiva de resiliencia y creatividad de cara a la postración del ay bendito.

El pueblo cambió profundamente, pero no así la clase política. La revolución pacífica que ha surgido en las pasadas semanas es una consecuencia directa de esedespertar social en contraste con la incompetencia, falta de patriotismo y compromiso social de la casta que nos gobierna. Por eso los gritos de renuncia vinieron mucho antes que los planteamientos de residenciamiento. Se dio cuenta el pueblo de que, como en María, no se puede esperar por líderes ausentes para actuar. En esta revolución, como en todas, quedó la clase política, en su mayoría, como inconsecuentes espectadores pasivos ante un pueblo que decidió escribir su propia historia. 

Ha habido revoluciones antes en Puerto Rico, gritos definidos por dónde ocurrieron. Pero nada como el Grito de María, que no se puede definir geográficamente y tampoco queda claro cuándo terminará. Lo que sí se ve con claridad son los cimientos de lo que podría ser una nueva sociedad puertorriqueña, una sociedad de sobre ocho millones de ciudadanos alrededor del mundo, pero un mismo corazón latiendo en el Caribe. Y una sociedad con la pluma de la historia en la mano.


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