Juan Lara

Punto de vista

Por Juan Lara
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El hostil mercantilismo nacionalista de Trump

El proceso político que se vive actualmente en Estados Unidos puede tener grandes consecuencias para la economía estadounidense y la economía global, incluyendo, por supuesto, la de Puerto Rico.  Pocas veces un presidente ha incursionado de manera tan agresiva y personalista en tantas áreas de política económica, buscando imprimir su visión particular del mundo en las instituciones nacionales y mundiales.

Si el presidente Trump sobrevive el proceso de residencia y, más aún, si revalida su mandato en las próximas elecciones, hay poca duda de que el trumpismo dejará una marca permanente y peligrosa en la economía de la próxima década, y quizás más allá.

En el ámbito internacional, la política económica de Estados Unidos en los tres años que van de la presidencia actual ha estado dominada por la guerra comercial con China.  Este conflicto ha durado más de lo que se esperaba, y aunque es posible que se logre una tregua o “solución” negociada en los próximos meses, es un hecho que ya le ha hecho daño a la economía mundial.  El Fondo Monetario Internacional le ha recortado casi un punto porcentual a sus proyecciones de crecimiento de la economía global debido a este conflicto.

Hace apenas unas semanas, Trump decidió extender la guerra comercial a Mercosur, imponiéndoles aranceles especiales al acero de Argentina y Brasil.  Este gesto por sí solo dice mucho sobre el rumbo de la política comercial estadounidense, pero dice más aún el argumento que utilizó el presidente—en un “tuit”, por supuesto—para justificar la medida.  Según Trump, Brasil y Argentina están devaluando sus monedas para competir de manera desleal con Estados Unidos.

Hace mucho tiempo que Estados Unidos no acusaba a un país latinoamericano de efectuar devaluaciones competitivas.  Sin embargo, una acusación similar se viene haciendo contra China (con algo de razón) desde hace varios años.  El que se extienda este argumento a los países de Mercosur es una novedad peligrosa, y apunta a una inconcebible guerra de monedas que, aunque es muy poco probable, le añadiría, si ocurriera, una dimensión nefasta a la guerra comercial.

Ya en más de una ocasión el presidente Trump le ha pedido a la Reserva Federal que tome acción para debilitar el dólar ante la alegada subvaluación del yuan chino, y ahora la devaluación del peso argentino y del real brasileño.  Y esto trae a la atención otra faceta de la política económica trumpista: el afán del presidente de dictarle a la Reserva Federal, desde la Casa Blanca y a través de “tuits”, cuál debe ser la política monetaria de Estados Unidos.

En el ámbito interno, Trump ha estado presionando a la Reserva Federal para que estimule la economía mediante recortes en las tasas de interés.  De hecho, la Reserva ya ha reducido las tasas en tres ocasiones en los últimos meses, procurando por ese medio alejar la recesión que se avizora en la economía estadounidense.  La expansión económica actual es la más larga de la historia (por lo menos en tiempos de paz) y ninguna expansión se prolonga indefinidamente.

Algunos podrían pensar que una política económica nacionalista en Estados Unidos puede ser beneficiosa para Puerto Rico, al proveer a las empresas que operan en la isla un espacio de protección frente a la competencia externa.  Sin embargo, un beneficio de esa naturaleza, si ocurriera, sería de corta duración y probablemente se cancelaría con los efectos negativos de una desaceleración económica a escala mundial.

Un principio fundamental de la economía política liberal es que el espacio económico internacional es una arena para la colaboración y el fortalecimiento mutuo, en un contexto de sana competencia.  Por el contrario, la mentalidad mercantilista de personas como Trump ve el mundo como un terreno hostil de lucha por la supervivencia, donde resulta inaceptable que otros países obtengan algún beneficio.  La primera visión, aunque de imperfecta aplicación en la práctica, es la que hay que promover y viabilizar.

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