Cristian Arroyo Santiago

Tribuna Invitada

Por Cristian Arroyo Santiago
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El huracán sacó la niñez a pasear

“Aquí el huracán sacó la niñez a pasear”. Miriam, mi tía, me saludó así con su casa destechada tras el huracán innombrable. Tenía un suéter suavecito, no más que sus manos, y con sudor recogía lo que quedó: la infancia. No la suya. La de sus hijos, mis primos. La mía.

Eran fotos sin mojar, trajecitos de bebé, dibujos de crayón, garabatos en papel, informes de notas escolares, libretas de kínder. En eso estaba todo. En eso volvíamos a un lugar querido para empezar de nuevo.

Es curioso cómo el dolor se hace un tranvía. Desde el dolor se viaja a los días o ratos felices. Y hay días o ratos que se vuelven lugares. La niñez, por ejemplo, es un lugar. La casa de Tití es un lugar feliz, con o sin techo, con o sin nada. Mi tía, Miriam, es un lugar feliz.

En casa el azote de la impronunciable –porque duele pronunciarla– quebró la puerta de un cuartito que no se abría desde el indeseable Georges. La semana pasada, diecinueve años después, la puerta cedió a la infancia. Juguetes, por montones, salieron a pasear al patio. Me gusta pensarlo así, aunque me engañe. Hay otros juguetes –acaso vidas– que volaron. Unos vientos, los de este desastre, se robaron la niñez de muchos en nuestro país. Y la enredada gestión gubernamental para allegar víveres y combustible se roba la paciencia. Se robará vidas si tarda más.

Robo o no, en el desastre hallé otra estampa infantil. Se llama Pablo. Y después de tantísimos años supe que se apellida Robles. Es un noble barranquiteño, ciego de nacimiento, de muchos años de edad, pero con un rostro desde siempre igual, como su buen humor.

Pablo es mi personaje favorito de la infancia. La infancia desde aquí, la tramposa adultez, es un cuento bonito. Y él, Pablo, es un personaje que comparto con el cuento infantil de mi mamá. Pablo la cargaba y le regalaba dulces en el barrio Palo Hincado cuando era nena. Le llamaba su Charlatana. Lo mismo conmigo, su Charlatancito, muchos años después.

Ese hombre, uno de los refugiados del municipio, perdió su casa, una estructura demasiado frágil, chiquita y pobre. Al reconocerme saltó. “¡Charlatancito! ¡Esto es lo mejor que me ha dejado el huracán!”, gritó abrazándome. El recuerdo de un niño fue mayor a la desgracia, al desamparo. Para mí, ese abrazo es el mejor dulce que Pablo me haya regalado del bolsillo de su guayabera, que muy bien puede ser su corazón.

Hace un año, un periodista canario a quien estimo y admiro mucho, Juan Cruz, me contó junto a un grupo de colegas –también muy queridos– que la niñez muchas veces envía postales. La devastación en casa, en mi familia, fue mensajera. Y tal vez sea inútil compartir algo así con los estómagos vacíos, sin luz, sin agua, sin techo y un tanque de gasolina seco. Pero mi empeño es hallar un lugar desde dónde volver a empezar. Comenzar por la niñez, en mi caso, no es mala idea. Mi niñez, que la pensaba sencilla, ahora es asombrosa.

De aquella mesa compartida con Juan me llevéunos versos del poeta alemán MichaelKrüger que hoy abrazo más: “A veces me escribe la infancia / una tarjeta postal: ¿Te acuerdas?”.

La devastación esta vez fue cartero. La infancia me dejó una postal.

Y Pablo, entonces cartero del barrio de mi abuela, la leyó.

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