Ashley M. Méndez Ruiz

Desde la Diáspora

Por Ashley M. Méndez Ruiz
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El impacto del COVID-19 en la violencia de género

Una alarmante situación que ha sido subrayada ante el confinamiento por COVID-19 es la violencia de género, especialmente aquella violencia machista catalogada como íntima y/o intrafamiliar. La mujer víctima de este tipo de violencia se ve ahora confinada con su victimario las veinticuatro horas del día. Se encuentra sin respiro en una cárcel indeseada. El confinamiento por motivo del COVID-19 incrementa las sensaciones de miedo, incertidumbre e inseguridad, lo que a su vez agrava la situación de las mujeres que sufren violencia machista. Y es que este panorama crea el entorno idóneo para que los agresores sientan y ejerzan mayor control sobre sus víctimas. Los agresores asumen el confinamiento como una situación ideal en términos de control y dominación. Este control y estrés continuo puede incrementar los episodios de agresión psicológica, física y/o sexual hacia las mujeres y sus dependientes. 

Desde que se decretó el estado de alarma la situación de las mujeres víctimas de violencia es todavía más grave, ya que están expuestas a las agresiones el día entero con la impunidad y el dominio total que permite el confinamiento. Por otro lado, hay mujeres que iniciaron el proceso de separación, pero se vieron afectadas por la paralización de los procesos civiles, lo que les impide concretar su divorcio. También están aquellas que tienen dependientes, mujeres que sufren y padecen el brutal confinamiento con su maltratador las 24 horas del día, pero no están convencidas de dar el paso, de denunciar o iniciar un proceso de divorcio. La gravedad de la situación las ha llevado a replantearse las prioridades y en estos momentos ellas no son una. La salud, la situación económica, la familia y los dependientes siempre se anteponen a su bienestar. 

Actualmente, debido al confinamiento, se interrumpe cualquier proceso de terapia y el trato cercano que recibían aquellas que ya habían dado el paso de buscar ayuda. Ellas mismas han claudicado, al menos temporalmente, iniciar batalla alguna. La ruptura pasa a ser secundaria, el maltrato, ya conocido e interiorizado, es asumido más que nunca.  Es difícil que en este momento de incertidumbre pongan alguna denuncia y expongan a sus dependientes, y a ellas mismas, al peligro que esto representa. Además, muchas no solo no tienen donde ir, sino que tampoco cuentan con independencia económica. 

Los datos perfilan esta desoladora situación: durante el confinamiento aumentan las llamadas a la línea de servicios para las víctimas de violencia de género. Por otro lado, también aumentan las consultas en línea. Ahora que el agresor tiene mayor control sobre su víctima, la mayoría de las intervenciones se realizan a través de herramientas digitales ya sean consultas en línea, WhatsApp, Facebook u otra red social. 

Evidentemente, este problema social es preexistente a la pandemia. No obstante, ha sido subrayado con mayor fuerza a raíz del COVID-19 en todos aquellos países con medidas de confinamiento. Es importante tomar conciencia sobre la gravedad de esta situación para erradicar la violencia de género, y a su vez exigirles a los respectivos gobiernos la toma de medidas que atiendan esta pandemia sociocultural. 


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