Nicolás Hernández Sanabria

Tribuna Invitada

Por Nicolás Hernández Sanabria
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El impacto emocional después del huracán

Los desastres naturales son eventos que exceden las capacidades de manejo de la comunidad afectada.

Todos reaccionamos emocionalmente dentro de nuestras capacidades, destrezas de manejo, visión cultural y experiencincias previas.

El sentir miedo, tristeza, irritabilidad dentro del contexto del evento es una reacción natural.

El desastre se circunscribe a un determinado tiempo, sin embargo, el impacto emocional es una cascada de respuestas afectivas y conductuales consecuentes al evento y las adversidades resultantes del mismo y que pueden durar tiempo prolongado.

En este momento Puerto Rico atraviesa el efecto del huracán más devastador en nuestra generación. Puerto Rico y su gente hemos reaccionado de manera adecuada.

La respuesta de las personas depende de la edad o la etapa del desarrollo en la que se encuentren.

Además de la diferencia por edad existen varios grupos de afectados que podemos destacar a base del tipo de impacto que han recibido.

En ese contexto tenemos personas viviendo una reacción de duelo por la pérdida de un familiar o su mascota, también de duelo por la pérdida de seguridad de vivienda y sus pertenencias, así como grupos que han experimentado una experiencia cercana a la muerte, pérdida de integridad del cuerpo o pérdida de control emocional.

Finalmente está el grupo de personas que viven con condiciones mentales que se ven exacerbadas ante este alto nivel de estrés.

La mayoría de las personas asumirán esta experiencia de forma natural, otros necesitan de nuestro apoyo y sostén.

Durante este momento después del impacto es recomendable hablar, narrar y ventilar las experiencias del evento que cada uno ha tenido.

Debemos fomentar la conversación casi a diario. Mientras más se habla, más carga emocional va perdiendo la experiencia.

Además, esto permite identificar si alguien tiene una necesidad mayor.

Los niños se expresan a través del dibujo y los juegos. En los adolescentes debemos fomentar la conversación.

No debemos pedir que ellos sean los fuertes porque son los mayores, ellos también necesitan expresar sus miedos.

El adulto puede poner de manifiesto sus rasgos de personalidad de una manera más patente, asumiendo conductas compulsivas, rígidas, entre otras.

No es infrecuente que el adulto viejo se torne irritable y menos tolerante.

La manifestación del miedo o la ansiedad puede ser asumir un rol pasivo o uno irritable y de ataque.

Debemos tomar un día a la vez y practicar el silencio cuando sea necesario.

No debemos hacernos de expectativas falsas como la restauración del servicio eléctrico en un tiempo irracionalmente corto, esto alimenta la desesperanza.

Esta es una experiencia de tolerancia, templanza.

El envejeciente puede presentar miedo a su integridad corporal al no tener sus medicamentos a la mano o sus tratamientos como por ejemplo diálisis.

La persona con demencia puede desorientarse aun más o tornarse agitada.

Si tienen que ubicarse en otro lugar diferente a su casa deben llevarle elementos de su casa como, por ejemplo, fotos u objetos de decoración que le recuerden su hogar y así minimizar la desorientación.

Un grupo que requiere especial atención es el de los rescatistas y voluntarios.

Estos enfrentan estampas cargadas de un impacto emocional traumático y no necesariamente están entrenados o preparados para esta experiencia.

En un primer instante su respuesta es efectiva, pero luego pueden presentar síntomas psiquiátricos una vez transcurrida la emergencia.

Si alguno comienza a experimentar angustia extrema , pesadillas o revive la experiencia como si se estuviera viendo una película en su mente, o presenta ideas suicidas, debe pedir ayuda urgente.

Hay que señalar que los trastornos de ansiedad son los que mayor incidencia suicida tienen.

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