Carlos E. Díaz Olivo

Punto de vista

Por Carlos E. Díaz Olivo
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El independentismo no aprovecha su momento

La presencia de un movimiento independentista es una de las constantes en Puerto Rico desde la última mitad del Siglo XIX hasta el presente. El apoyo a esta causa, sin embargo, ha variado con los años.

A partir de la tercera década del siglo XX, Pedro Albizu Campos surge como figura prominente dentro del independentismo. Albizu procura detener en seco un proceso creciente de integración y americanización, mediante el uso de la violencia. Al así actuar, obligó tanto a Puerto Rico como a los Estados Unidos a repensar el tema de nuestra condición política. Su opositor más efectivo fue Luis Muñoz Marín, quien cuando no pudo coaptarlo, persiguió, reprimió y proscribió al movimiento nacionalista.

Recayó en un hombre grande, pero olvidado en nuestra historia, abrir senderos alternos. En 1946, Gilberto Concepción de Gracia funda el Partido Independentista Puertorriqueño (PIP). Frente a la resistencia armada de Albizu, Concepción insistía en la opción pacífica, democrática y como bien decía, menos dolorosa. Su propuesta resultó efectiva y el PIP se convirtió en el segundo partido político en apoyo del electorado, temprano en la década de los cincuenta del siglo pasado.

Además de la represión y del impacto en la isla de los programas de beneficencia social federal, la avanzada ideológica agresiva de los movimientos socialista y comunista, a partir de la Segunda Guerra Mundial, tuvo también impacto decisivo en el independentismo local. El independentismo se fraccionó y atomizó en vertientes diferentes. Pero, peor para su causa, generó un resentimiento contra la iniciativa emprendedora y la actividad comercial.

Cuando examinamos los movimientos independentistas en otros lugares y en otros contextos históricos, constatamos la presencia entre sus promoventes de un sector significativo de la clase empresarial. Ese es el caso de los movimientos independentistas en Cataluña, el País Vasco y Quebec, entre otros. Pero, incluso, esa fue también la experiencia puertorriqueña con anterioridad a la década de los sesenta del siglo pasado.

En 1867, cuando Ramón Emeterio Betances proclamó los Diez Mandamientos de los Hombres Libres, la libertad de comercio y de gravámenes contributivos onerosos figuraban de forma destacada en la agenda del Puerto Rico libre que soñaba. Más interesante aún, cuando el Partido Popular la emprendió contra el independentismo y cerró las puertas a aquellos que no estuvieron dispuestos a someterse a su proyecto, muchos independentistas recurrieron a desarrollar su propia actividad económica. Así, establecieron imprentas, librerías, escuelas, clubes artísticos, colmados y otro tipo de iniciativa empresarial, convirtiéndose en figuras prominentes del quehacer económico puertorriqueño. Hoy día, cualquier protesta o manifestación incluye, inexplicablemente, actos de vandalismos contra las pocas iniciativas empresariales de capital puertorriqueño. Esto, lejosde ayudar, atrasa al independentismo.

Además de esta postura antiempresarial, el independentismo se proyecta, con frecuencia, como un conjunto de seres intelectualmente superiores con la virtud de haber alcanzado la verdad única, que le ha sido negada al resto de una población. Resulta difícil, entonces, ganar el apoyo de una masa electoral, que siente y sabe que se le mira con menosprecio. Esto, unido a una prédica austera y grave por parte de muchos de sus interlocutores, lleva a muchos a pensar que no hay alegría posible con la independencia, sino tristeza y sacrificio. Tal proyección, de nuevo, no ayuda a cautivar a un pueblo que, a pesar de sus graves problemas, procura hasta en el peor de los momentos pasarla bien. Curiosamente, tanto el Partido Popular como el Partido Nuevo, sin pretender ser superiores, han resultado más hábiles en ganarse la confianza del electorado.

Hoy, cuando la evolución del Estado Libre Asociado ha sido descartada por los Estados Unidos y la estadidad enfrenta obstáculos complejos, parecería ser el momento de la independencia. Sin embargo, el independentismo parece no estar dispuesto a reorientar sus posturas y adaptarlas al sentir del pueblo. Pretende que sea el pueblo el que se ajuste a sus posturas. Esto resulta inexplicable ante el caudal enorme de hombres y mujeres talentosas con que cuenta.

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