Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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El indulto a Rosselló

¿De verdad que mañana nos van a regalar otra vista de confirmación, esta vez en el Senado, y no de “cuerpo presente”, sino más bien “ausente”?

Pierluisi no va, o eso es lo que se anticipa.

No importa. Hay que sentarse en primera fila, teniendo en cuenta las circunstancias. Ese es el tipo de espectáculo que equivale al paso de un cometa. Se ve una vez en la vida, y uno se queda con la sensación de que jamás el Universo será el mismo. Yo pienso estar allí lo más temprano posible —no en el Universo, sino en el Capitolio— con mi sillita plegable y mi pamela.

Los senadores enfrentan una encomienda difícil. Hablar entre sí. Lanzar sus peroratas al aire, porque aparte de cuestionar inteligentemente, pronunciar como es debido —tienen que ensayar esta noche—, y no repetir abrumadoramente las preguntas, que parece un interrogatorio criminal, en el que se busca marear al sospechoso para que incurra en contradicciones, aparte de todo eso, tienen que revestirse de paciencia. Si Pierluisi va, ya vieron cómo se las arregla, con esa cachaza infinita y esa determinación de no perder la tabla. Y motivos ha tenido para perderla, ya lo dije en mi reciente podcast. “Narmito”, un risueño representante, comparó al gobernador con Cuca Gómez, el recordado personaje que encarnaba Bizcocho. Hay que explicarles a las nuevas generaciones quién era Cuca Gómez. A Bad Bunny sobre todo. Otro representante provocó estupor al hacer una extraña analogía entre los diferentes sombreros que ha tenido Pierluisi (como abogado, y ahora como gobernador), y las rivalidades entre Cocacola y Pepsicola. Figúrense.

Y como los del gremio (periodístico) debemos hacer autocrítica, yo quisiera advertir que ya no existen maneras de pedirle a Pierluisi que confiese si Rosselló, antes de retirarse, le pidió un indulto. Cada vez que surgía esa pregunta, que surgió como cuarenta veces, a mi mente venía la imagen del exgobernador, vestido con el uniforme de rayitas de los presidiarios, y arrastrando el grillete con la bola de hierro.

Decían: ¿El gobernador le puso como condición el indulto? ¿Y usted no piensa darle el indulto al gobernador? Y si el gobernador le pidiera el indulto, ¿usted se lo concedería? Pierluisi contestaba con su estilo “jabón que me le escurro”, una y otra vez la misma respuesta. Qué lata, no solo para Pierluisi, sino para los pobres televidentes.

De repente, alguien increpó al gobernador porque en la sala no había un traductor a lenguaje de señas. Pierluisi alegó que acababa de llegar a La Fortaleza y no sabía quién tenía a su cargo buscar al traductor, pero que para la próxima no fallaría. Bueno, estas son conferencias medio improvisadas, conferencias de guerra como quien dice, y en las conferencias de guerra todo no puede estar perfecto.

El único en la vida que yo he visto que tiene un perenne traductor al lenguaje de señas, para arriba y para abajo con él, es Jair Bolsonaro, el presidente de Brasil. Estuve pendiente a muchas de sus intervenciones, aun antes de que fuera electo, y aunque las hiciera desde la cocina de su casa, en una mesita indescriptible, se hacía acompañar por la traductora al lenguaje de señas. Me llamaba la atención que nunca prescindiera de eso.

La conferencia de prensa de Pierluisi duró y duró, oyéndolo responder a las mismas preguntas. La de las “prioridades” fue una de las más atacantes. Qué manera de acribillarlo con las “prioridades”. Qué manera de oírlo repetir que en estos tres días no tomaría decisiones importantes, como nombramientos, en espera de la confirmación del Senado.

Llegó un momento en que a los que veíamos aquella conferencia nos empezó a invadir el sopor. “¡Tengo tres preguntas!”, exclamaba alguien, y ya nos preparábamos para lo peor: ¿Le va a conceder el indulto a Rosselló? ¿Rosselló le impuso como condición el indulto?... Y la tercera: “¿Qué hará Rosselló si no le da el indulto?”.

Total, que se nos empezaban a cerrar los ojos, cuando de repente salió una vocecita, muy decidida y peripuesta, y dijo: “¿Gobernador, habrá Primera Dama?”. Como espectadora (espectadora de corazón periodístico), me quedé de una pieza porque, ¿a qué venía eso? Pierluisi entonces explicó que estaba en proceso de divorcio y que no habría Primera Dama.

Para qué fue aquello. Los reporteros, que estaban ya adormilados, se espabilaron de una manera inaudita. Surgió un murmullo, qué digo murmullo, una gritería y un tsunami de preguntas. Se atropellaban unos a los otros con tan insospechada nueva. ¿No habrá Primera Dama? ¿Le darán el indulto a Rosselló aunque no haya Primera Dama? Nueva ronda de preguntas. ¿Puede la ausencia de la Primera Dama influir en el indulto a Rosselló?

Yo en cambio pensaba que es un verdadero alivio saber que no habrá Oficina de la Primera Dama. ¿Saben lo que nos vamos a ahorrar? Las primeras damas ocupan demasiado espacio. Y les tenemos que pagar boletos aéreos, secretarias, peluqueros, trajes firmados por grandes modistos. En un momento de tanta austeridad, con los acreedores afilando los colmillos y echándonos el aliento en la nuca, más vale que el gobernador gaste lo mínimo.

Incluso si le diera el indulto a Rosselló, tendrá que ser un indulto baratito, que no nos salga caro. Esa es la pregunta que le tienen que hacer mañana en el Senado. “Si le da el indulto a Rosselló, ¿cuánto nos costaría?”.

Pierluisi, a pesar de todo, debe preparar una respuesta coherente.

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