Antonio Quiñones Calderón

Tribuna Invitada

Por Antonio Quiñones Calderón
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El inmovilismo patético del PPD

Hay un pasaje en la versión televisiva de la novela de narcotráfico de Arturo Pérez Reverte, La reina del sur, que afirma: “no hay nada más patético para una celebridad del pasado que quedar en el olvido de la gente”. Pienso que los exgobernadores Rafael Hernández Colón y Alejandro García Padilla debieron haberla visto y decidieron actuar en consecuencia. Lo pensé al verlos, tan juntitos y seriotes, sentados ante una mesa abogando por el degradante inmovilismo cuando de salir del asfixiante coloniaje se trata. Quisieron resurgir del pasado. Pero se quedaron en el patetismo.

El reiterado llamado de la dirección popular (en la voz de ambos) para que los puertorriqueños, ciudadanos estadounidenses, se vayan a la playa el domingo 11, en lugar de aprovechar la singular oportunidad de ratificar la decisión de 2012 de acabar por fin con la condición territorial y colonial vigente aquí sin cambio alguno desde principios del siglo 20, constituye la reafirmación de la más abyecta de las condiciones humanas: atesorar el flagelante colonialismo y manifestarlo con pasmoso orgullo.

La súplica de ambas figuras es, además de patética, cruel. La reiteran justamente cuando acaba de informársenos que 45.5% de los 3.7 millones de ciudadanos estadounidenses residentes en el territorio de Puerto Rico vive bajo el nivel de pobreza; que, cuando se observa el núcleo de los más de un millón de estos con menos de 19 años de edad, la situación es más trágica: ahí el porciento llega al 57.4. 

Más aún, cuando se toma nota de los 224,756 menores de 5 años, el cuadro es casi dantesco: 62.3% vive en estado de absoluta carencia de recursos económicos, con todo lo que eso implica para el frágil futuro de esos niños. (Que no están en el peor estado de inanición, gracias a los $2,000 millones de ayuda federal que reciben sus padres o tutores –1.3 millones de residentes en el territorio– a través del Programa de Asistencia Nutricional (PAN).

Como dijo una funcionaria del Instituto de Desarrollo de la Juventud, “la inestabilidad económica causa un estrés que se transmite y el estrés causa un efecto bien tóxico en el desarrollo de los niños”. Esa es la intoxicación que a los convocantes al boicot plebiscitario no les importa. Ellos, sus hijos y nietos, están inmunizados. Aquí debemos detenernos para relacionar ese estado de carencia económica y privación social de nuestros niños y jóvenes con la votación del domingo.

Ciertamente, la votación del próximo domingo es instrumento vital para asegurar la única y verdadera unión permanente con la nación cuya ciudadanía ostentamos ahora a medias. Para, de hecho, garantizar la culminación de esa ciudadanía con la plenitud de sus derechos y la responsabilidad de sus deberes. ¡Se me hace tan confuso escuchar a los promotores populares del boicot alegar cuánto “atesoran” su ciudadanía estadounidense, pero insistir en mantenerla en su estado de segunda clase! Con todo lo indigno que ello significa: la sujeción a los poderes absolutos de un Congreso por cuyos miembros no votamos y que limita (cuando no elimina) los derechos sustanciales propios de la ciudadanía que nos cobija.

Pero también guarda la consulta del domingo 11 estrecha y puntual relación con la conquista, mediante el voto bajo el triángulo, de los recursos económicos que necesitamos los ciudadanos estadounidenses residentes aquí para garantizar un buen futuro a esta y las próximas generaciones de puertorriqueños. Unos recursos con que no contamos (o contamos a medias) por nuestra condición territorial. Nada más recordemos la decisión del Tribunal Supremo federal de 1980 en el caso Harris v. Rosario, que determinó que el Congreso puede discriminar contra los ciudadanos de Estados Unidos residentes en Puerto Rico en la extensión de los derechos sustantivos garantizados por la constitución federal.

Pero, ojo, el voto por la estadidad bajo el triángulo no se centra en la búsqueda de limosnas federales para los puertorriqueños –eso, la mano extendida, es campo ocupado por los estadolibristas. La conquista a que se aspira es a la plenitud de los derechos propios de nuestra ciudadanía, incluyendo el más puntual de todos: el voto por los congresistas que hacen las leyes que nos afectan y por el presidente que las firma.

Al llamado al absurdo boicot de la dirigencia actual del Partido Popular debe oponer cada popular la clarividencia de su fundador don Luis Muñoz Marín, quien, estoy seguro, hoy la reiteraría como lo hizo en febrero de 1941, cuando afirmó: “Dentro de los principios de la democracia el pueblo debe dar sus votos, no por costumbre de pertenecer a un partido, no por complacer a un amigo, no por ceder a una amenaza, no por sucumbir a un soborno, sino porque se cumplen los propósitos que el pueblo cree necesarios para la justicia”.

La justicia es la igualdad.

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