Juan Caraballo Resto

Tribuna Invitada

Por Juan Caraballo Resto
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El Islam en Puerto Rico

Mientras una parte de nuestra Legislatura persigue restaurar el cristianismo en nuestro gobierno, es importante revisitar una parte de nuestra diversa historia religiosa, y así cuestionar sin ambages su excluyente incompetencia.

Usualmente, el islam en Puerto Rico se asocia con la llegada de migraciones modernas. Sin embargo, su llegada al Caribe data desde el siglo 16. Desde entonces, podemos trazar cinco etapas de presencia musulmana.

La primera se corresponde con la llegada de exploradores ibéricos. No olvidemos que antes de su salida, la Península vivía la conquista e inquisición católica, poniéndole fin a 781 años de poder islámico en la región. Consecuentemente, moriscos sarparon buscando sosegados espacios. Aunque nuestra historiografía no contiene procesos contra moriscos, la arquitectura arábigo-andalusí de muchos templos virreinales americanos y las recurrentes disposiciones inquisitoriales promulgadas por las monarquías cristianas en la América Hispana, son testamento de su presencia.

La segunda se distingue por la llegada de esclavos/as africanos/as musulmanes. Entre ellos/as se destacan los/as Wolof, procedentes de la región de Senegambia. Su entrada a Puerto Rico es de las más antiguas, comenzando desde principios del siglo 16. Junto a ellos/as irrumpen los/as Mandinga y los/as Fulani.

La tercera es caracteriza por la llegada de migrantes árabes —en su mayoría libaneses— durante el siglo 19. Aunque algunas de estas familias eran musulmanas, también las hubo cristianas. Sin embargo, la diferencia religiosa no supuso la cancelación de importantes vínculos de cooperación entre ellas. La mayor parte eran pudientes; dedicándose a la ganadería, joyería y medicina. Apellidos como “Bechara”, “Halabi”, “Bared”, “Fas”, “Tartak” y “Mameri” resuenan con relevancia.

La cuarta se corresponde con la llegada de migrantes árabes asentados a partir de 1950. Esta ola migratoria fue mayormente constituida por hombres palestinos y jordanos, quienes huyeron del conflicto palestino/israelí buscando mejor vida y estrechar el vínculo con Estados Unidos. Junto a ellos, también llegaron egipcios, sirios y más libaneses. Su perfil económico era promedio. En este tiempo irrumpen con fuerza los vendedores árabes itinerantes en nuestras calles. Esta etapa migratoria se ha mantenido, y actualmente se corresponde con una fuerte migración circular. Sobre todo, sus nuevas generaciones se han desarrollado en Puerto Rico.

La quinta se corresponde con una creciente población puertorriqueña que ha abrazado el islam. Este es un grupo con el que tengo el placer de trabajar, gracias a la subvención de la Universidad de Puerto Rico (UPR) y el National Endowment for the Humanities. Aunque el comienzo de esta etapa es incierto, su incremento se ha sostenido desde 1990. Una parte de ella se ha posicionado con relevancia en la isla y la diáspora. Unas —como Sumayah Soler— militan en el activismo feminista. Algunos —como Daniel Abdullah Hernández— destacan teológicamente en Puerto Rico y Estados Unidos. Otras —como Vilma Santos— solidifican relaciones interreligiosas en Estados Unidos; mientras otras —como Angélica Molina— apenas se abren camino en la política partidista puertorriqueña. Junto a ellos/as, muchos/as otros/as conforman nuestro panorama social. Esto incluye a una parte de nuestra población carcelaria, alcanzada por capellanía islámica.

En Puerto Rico se estiman 5,000 musulmanes. Esta cifra está sujeta a debate. En cualquier caso, lo que debemos reconocer son las ricas y largas presencias islámicas entre nosotros/as. Al final, la historia siempre transpira reclamándonos su presencia. Ojalá que con ella podamos aclarar el foso parlamentario.

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