Alberto Medina

Punto de vista

Por Alberto Medina
💬 0

El Johnny que conocí

Lo conocí en 2013, de la mano del buen amigo Eddie Ríos Benítez, quien, luego de insistirle en que escribiera su autobiografía, me recomendó como escritor profesional anónimo. Por su don de gentes, pronto, el Dr. Johnny Rullán pasó a ser “Johnny”, el amigo. En nuestras citas mañaneras sazonadas con el café de su esposa María lo fui conociendo, mientras me narraba su vida, sobre todo, profesional. Esas entrevistas eran frecuentemente interrumpidas por llamadas de conocidos y desconocidos que buscaban ayuda relacionada con algún aspecto de su salud. Nunca dejó de atenderlas, y con mucha frecuencia en ese mismo momento hacía la gestión para ayudar a solucionar el problema en cuestión.

Al año siguiente, publicamos Una vida en salud, y mi anonimato terminó la noche de su presentación en el Centro para Puerto Rico, cuando, en un acto de la generosidad que lo caracterizaba, me presentó al público como el escritor del libro. A partir de ese momento nos reuníamos periódicamente, y Johnny me hablaba de sus inquietudes acerca de la salud pública puertorriqueña, que eran muchas y muy profundas. Hasta que un día le dije que por qué no escribía otro libro al respecto. Me contestó: “Si lo hacemos juntos, sí”.

Ahí comenzamos a trabajar en lo que en 2016 se convertiría en La receta del Dr. Rullán, una mirada panorámica a la salud puertorriqueña, descriptiva y prescriptiva, en la que Johnny expuso su amplio conocimiento sobre la materia y señalaba el camino a seguir para que el sistema de prestación de servicios de salud se convierta en un verdadero sistema de salud, distinción fundamental que debe hacerse para bien del país. Esta vez me dijo que quería que mi nombre figurara en la portada, y no solo eso, sino primero que el suyo. Así era Johnny.

Cuando la vida lo golpeó nuevamente con el cáncer que nos lo ha quitado, me dijo que quería que escribiéramos un tercer libro; esta vez sobre su enfermedad y lo que él llamaba el “analfabetismo en salud” que padecemos en Puerto Rico, tanto entre la gente como entre los profesionales del cuidado de la salud. Aunque pensé en la probabilidad real de que no viviera para terminarlo, no podía ni quería negarme, y lo seguí en su peregrinar por las distintas instituciones hospitalarias, en las que desde su lecho de enfermo siguió dándome cátedra de su saber y, sobre todo, de su ser. 

Lo conocí relativamente poco tiempo, pero mucho en la intimidad de su esencia como ser humano y profesional. Me consta cuánto quiso a Puerto Rico, al que consideraba su “paciente” y nunca, ni aun en su lecho de muerte, dejó de ser, en su espíritu, Epidemiólogo del Estado y Secretario de Salud. Hasta muy cerca del final, todavía me hablaba de temas que quería incluir en el libro, porque, si mucho le dolía su condición, más le dolía la de nuestro país en su salud física, mental y espiritual.

Hoy lo lloro como hay que llorar a los seres queridos cuando parten de este plano terrenal, pero lo recuerdo con una sonrisa, por lo que ha significado en mi vida. Cuando el domingo pasado lo vi por última vez, con la voz muy queda y los ojos entornados por la debilidad, me ofreció recibirme en su casa para el acostumbrado café mañanero de nuestras tertulias.

Tenemos una cita, querido Johnny.


Otras columnas de Alberto Medina

sábado, 9 de noviembre de 2019

Un error de juicio

En la “razón de pedir” de la autoridad judicial puertorriqueña hay una falla lógica fundamental: la comparación con los sueldos de la judicatura de Estados Unidos, plantea Alberto Medina Carrero

💬Ver 0 comentarios