Xiomara Feliberty Casiano.
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El juego de la sillita

Hace exactamente una década, la secretaría de educación anunciaba la mudanza del Departamento a una “nueva sede”, con la promesa de ahorros significativos en instalaciones y nómina. Diez años después aún citan a empleados a realizar gestiones a la “antigua sede”. La misma que comparten con el Departamento de Corrección y que no queda a una distancia caminable desde el nuevo edificio.

Las maestras (usaremos el femenino por mayoría) llegan antes de las siete de la mañana para hacer una fila de más de 200 personas solo para entrar. Desde los vagones de Tres Monjitas hasta la inspección de los guardias, comentan: “estoy loca por irme”, “no veo la hora para retirarme”, “no tengo los años pero me voy antes de que se ponga peor”.

Adentro parece una obra de Myrna Casas. Los personajes, todos, empleados y maestras improvisan movimientos y diálogos (mayormente monólogos). “A la misis le dijeron que era en la oficina 200”, “No, tiene que ir al primer piso”, “Que espere en el quinto piso”, “Aquí no se llama por nombre, tampoco por número”.

En los primeros pisos parece que todas conocen el sistema TAL. “Los ponchadores no funcionaban y nos descontaron los días”. “Yo tengo ausencias del 2008 que aunque pueda no voy a reclamar”. En esa oficina sí tienen un numerito y un papel para entretener a las maestras. “Este es tu numerito, llena este papel y puedes esperar sentada” (si encuentra silla, pensaría). La filita era para esperar que le imprimieran el “Informe TAL” con las ausencias descontadas. El estrés aumentaba si el informe tenía muchas páginas. La tensión en los cuellos y los labios torcidos se notaba luego de la tercera. No era para menos, una sola impresora funcionando en toda la oficina. Una vez llamaban al numerito y si tenían el informe en mano pasaban a otra oficina a hacer otra filita hasta que los empleados se fueran de receso.

A la misis le dijeron que los días para solicitar la “transición voluntaria” fueron peores. Las filas parecían caracoles en los pasillos. En la gran oficina, en vez de ser llamadas por sus nombres o al menos un número, iban rotando de sillita en sillita. “Y no se me mueva nadie antes de que yo lo diga”, decía la empleada. Así, de sillita en sillita, pasaron miles a retirarse “voluntariamente” de un Departamento que más que educación representa una improvisación triste del teatro del absurdo.

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