Julio Fontanet

Tribuna Invitada

Por Julio Fontanet
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El juez Kavanaugh y Mr. Hyde

Al momento de escribir estas líneas, ya era un hecho que el Comité de lo Judicial del Senado norteamericano había referido el nombramiento del juez Brett Kavanaugh al pleno de dicho cuerpo, pero bajo el entendido de que no se vote hasta tanto termine una investigación solicitada al Buro Federal de Investigaciones (FBI, por sus siglas en inglés). Dicha solicitud no surge de la nada; es resultado, no solo de la declaración de la Dra. Cristine B. Ford en las vistas del pasado jueves, sino, más específicamente, de la declaración y conducta del nominado durante estas audiencias.

Kavanaugh entró con rostro hostil y de molestia, lo cual es comprensible; así podría reaccionar una persona inocente a la cual se le hacen serias acusaciones. Hasta ahí lo comprensible. Inmediatamente, comenzó a denunciar que la vista era parte de una conspiración de los demócratas y de los “Clintons” (así, en plural); que todo tenía que ver con la victoria de Trump en las elecciones. De este modo pretendía simplificar la seriedad de las denuncias y convertir la vista en un mitin político. Estratégicamente, escogió un discurso dirigido a politizar el asunto en lugar de que fuera una vista esclarecedora.

Esto nos lleva a preguntarnos si Kavanaugh es el tipo de persona que cuenta con la imparcialidad necesaria para ocupar un lugar, no ya en el Tribunal Supremo estadounidense sino de cualquier país. ¿Qué sucederá cuando lleguen a ese tribunal reclamos asociados con el programa del partido demócrata o con aquellos asuntos que inciden en los reclamos de las mujeres? ¿Se tendrá que inhibir?

Aahhh... pero el asunto se complica. Hablemos de su temperamento. Es imprescindible que todos los jueces cuenten con el llamado “temperamento judicial” que les permita escuchar y valorar distintos argumentos sin proyectar molestias o ánimo prevenido. Las reacciones de Kavanaugh a preguntas razonables demostraron que tiene temperamento, pero el de un niño malcriado.

Como si todo esto fuera poco, hay que reconocer que también mintió. Son inconcebibles las incoherentes explicaciones que dio para explicar expresiones suyas en un anuario estudiantil. Mintió también cuando dijo que no había presenciado el testimonio de la Dra. Ford cuando la vista fue organizada, precisamente, de manera que ella declarara primero para él poder modificar su exposición inicial y, además, atemperar sus respuestas a tono con los hechos y el lenguaje utilizado por la deponente. Tampoco olvidemos que antes había mentido con relación a su participación en las detenciones ilegales durante la presidencia de George W. Bush y en la filtración de documentos confidenciales de la oficina del Fiscal Especial Independiente.

Todos notamos que, encima, fue prepotente y sexista. Su argumento principal y “talking point” recurrente fue que estudió en una prestigiosa escuela preparatoria y en Yale; que era el mejor de su clase y un súper atleta,como queriendo decir que él está por encima de todos los mortales y ello le permite (!¿quizás?!) ciertos pecados veniales. No puede pasar desapercibido que expresó que la Dra. Ford no era parte de su exclusivo círculo social. ¿Implica esto que solamente respetaba a las mujeres de su mismo círculo? Además, en un intercambio con una senadora sobre su consumo de alcohol, mostró agresividad y falta de respeto hacia las mujeres. Adviértase que lo más importante de ese intercambio no fue si bebía en demasía en escuela superior sino la proyección de esa otra personalidad suya, ésa que la doctora Ford y la puertorriqueña Deborah Ramírez conocieron personalmente.

Kavanaugh expresó que los senadores demócratas habían destruido su reputación. Se equivocó: lo hizo él solito, con su conducta pasada y presente, la cual se manifestó de manera prístina en las vistas. Le pasó igual que al Dr. Jekyll cuando no podía reprimir a su alter ego, Mr. Hyde, a quien todos sí pudimos descifrar, precisamente, aquel jueves, 27 de septiembre, en la tarde.

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