Benigno Trigo

Tribuna Invitada

Por Benigno Trigo
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El latido de la lengua materna

Hace poco oí en la radio de Nashville la frase “For WPLN News, I’m Sergio Martínez-Beltrán”. Fue una sorpresa. El nombre no estaba americanizado. La pronunciación era hispana y sonaba hasta puertorriqueña. Era algo nuevo en la radio de Tennessee, pero también era algo que había oído hacía muchos años.

Recordé que cuando era profesor en Austin, Texas, oí una entrevista con el artista Guillermo Gómez-Peña en National Public Radio y quedé embelesado con su voz mexicana en inglés. Soy de la generación de inmigrantes que quería perder su acento. Escritores como Richard Rodríguez y Julia Álvarez han explicado la complejidad de este fenómeno mucho mejor de lo que puedo hacerlo yo aquí. Tal vez nuestra generación aspiraba a perderlo porque pensábamos que era un requisito para ser aceptado por la sociedad norteamericana. No lo sé. Lo cierto es que cuando oí la voz de Guillermo Gómez-Peña fue la primera vez que presentí que la voz hispana le añadía algo único y precioso al inglés.

Cuando oí a Sergio Martínez-Beltrán volví a sentir lo mismo y decidí que tenía que conocerlo. Busqué su dirección electrónica por la red y lo invité a tomarnos un café con la excusa de que me gustaría conocer a otro puertorriqueño en Nashville (no somos muchos). Me contestó, y una semana después nos reunimos para conversar un rato.

Le expliqué por qué lo había contactado. Traté de describirle mi experiencia cuando lo oí pronunciar su nombre en la radio. Le pregunté si era una decisión deliberada. Me dijo que sí, pero que le había tomado mucho tiempo llegar hasta ese punto y que no era fácil. Le pregunté cómo había sido. Me dijo que una vez una mujer latina lo interrumpió cuando se presentaba como “Sir-shio”, “ese no es tu nombre,” le dijo, “tu nombre es Sergio y no tienes por qué cambiarlo.” Lo dejó pasmado. Poco tiempo después, oyó a la reportera mexicano-americana María Hinojosa, decir su famoso “no te vayas” en el programa radial Latino USA. Fue así como llegó a pronunciar su nombre en la radio en español, me dijo. Y añadió que tuvo que convencer a sus jefes y enseñarle a sus compañeros de trabajo cómo pronunciarlo.

Mi conversación con Sergio me hizo pensar que nuestros padres nos dieron nuestro nombre y nuestro primer apodo. Nos dieron y nos quitaron nuestro nombre de pila. En mi generación era usual que los padres usaran el nombre de pila (a veces con nuestro segundo nombre) para llamarnos la atención. No en balde quisimos olvidarlo al crecer. Tarde o temprano tuvimos que elegirlo o sustituirlo con el apodo que nos dieron. Y los que emigramos tuvimos que decidir si perdíamos el acento, o si lo pronunciábamos tal y como lo heredamos. Yo elegí mi nombre tarde y sin acento. Bay-neeg-no.

Hoy, la generación joven elige su nombre temprano y lo dice en español. Y eso fue lo que oí de nuevo: el latido de la lengua materna.

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