Mariano Mier

Punto de vista

Por Mariano Mier
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El legado vivo del padre Darío

El pasado 4 de diciembre, el padre Ángel Darío Carrero hubiera celebrado su natalicio. Pero hace casi cinco años se nos fue, desde nuestro punto de vista terrenal, demasiado temprano. El padre Darío fue una persona de múltiples facetas, entre ellas, poeta, escritor, entrevistador, columnista, trabajador social y cultural, educador, teólogo, sacerdote y fraile franciscano. Trascendió límites. Representó un eje donde se conectaron diversas personas, grupos y comunidades, de todos los estratos y distintas formas de pensar. Asimismo, se desenvolvió en el plano internacional, estrechando lazos en el Caribe, Latinoamérica y Europa al igual que aquí.

Su vida, como su poesía, fue inspiradora. Infundía a los demás, especialmente a quienes tuvimos el privilegio de conocerlo, con esperanza, fe y amor. Como el arte o la música que siempre formaba parte de sus celebraciones, actuaba en diferentes niveles, un carácter reflejado en sus sermones, que a plena vista eran amenos y comprensibles, pero debajo de la superficie revelaban una asombrosa e íntima profundidad. 

Su partida dejó un vacío. Fue uno de esos pasos misteriosos que desde nuestra perspectiva limitada no se nos permite entender. En este país donde el ruido de la crisis económica y política, grave y opresiva de por sí, ahoga el tenue llamado de otra crisis tanto o más fundamental en el espíritu de nuestro pueblo, las figuras unificadoras como el padre Darío, a pesar de ser imprescindibles, escasean. En un país aquejado por la idolatría al poder político y la servidumbre al dinero, colmado no solo de divisiones sino también de supuestos líderes que las fomentan y prosperan con ellas, hacen falta urgentemente los hombres y mujeres que hablen a nuestro espíritu, nos comuniquen visiones esperanzadoras, y nos dirijan a un futuro fraternal. 

 Siendo así, es un misterio por qué se nos quitó tan pronto a una de las pocas personas que llenaban ese rol. Por qué se nos privó de un guía y compañero con la capacidad amplia y prominente de orientarnos por un camino de luz cuyo término nos depara un destino mejor. Sin embargo, el padre Darío cumplió su rol. Desempeñó su vocación cabalmente. A los que permanecemos en este jardín puertorriqueño donde resta mucho por labrar, nos dejó su memoria, su ejemplo, su obra social y sus escritos. Ahora nos corresponde mantener su legado vivo para que persista ante el paso de los años, entre los de otros que también aportaron sus talentos de forma desprendida para el progreso de nuestro país. Nos toca regar y cultivar las semillas que el padre Darío sembró. Nos toca adelantar la paz y bien y la esperanza para las cuales él, junto con sus hermanos frailes, feligreses y colaboradores de todas clases, trabajó.

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