Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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El lujo de rendirse

Habíamos creído por generaciones que nada podía haber peor en la vida que la muerte inesperada de un ser amado. Malas noticias: lo hay. Los sombríos tiempos de resquebrajamientos que atravesamos demuestran que ni siquiera la mordida de león al alma que es la muerte inesperada de alguien querido es lo peor que se puede esperar de la vida.

Después de la muerte, nuestro ser amado pasará semanas en las morgues del Negociado de Ciencias Forenses. Puede que lo almacenen en vagones, de donde se han escapado olor a muerte y fluidos corporales. Puede que nos topemos en las redes sociales con fotos de cadáveres apiñados en el piso.

Como están en bolsas plásticas indistinguibles unas de otras, nadie puede asegurarnos que ese cuerpo allí tirado, como si fuera bulto sin significado ni valor, sea el nuestro.

En nuestra cultura, ha habido siempre el mismo ritual ante la muerte: nos juntamos en torno al difunto por unos días, le oramos, le cantamos y algunos hasta lo acarician. Ahí es que los que quedamos acá, en una vida que jamás volverá a ser igual, recibimos el abrazo caluroso, la palabra sentida, la mirada solidaria, que alivia, créanlo, toneladas de dolor.

Ahí es que viene alguien y nos cuenta algo del difunto que no sabíamos, algo que quizás nos hace sonreír en medio del vértigo del dolor. Esos son los días indispensables en que empezamos a preparar el alma para la interminable ausencia.

En el Puerto Rico del Siglo XXI cambió, por la fuerza, hasta la cultura.

Antes del velorio, existe ahora un interminablemente período de espera del cadáver. En esos días, el dolor se convierte en cuerda elástica.

Hay que ver a las familias que pasan atormentadas eso para entenderlo en todo su espanto. La vida pausa. Todo se detiene. Hay un largo abismo por el que hay que cruzar antes del ritual de siempre para despedir a los muertos. La separación, para que la gente no enloquezca, requiere de un ciclo. Esa espera por el cadáver detiene el ciclo, alarga, ahonda e intensifica, la estupefacción y la pena. Esa espera incluye llamadas todos los días, para recibir siempre un “nada nuevo”. A veces, más que llamar, se llega al sitio. El resultado: nada nuevo.

Oímos no hace mucho en la televisión un llanto que, después de oído, era un eco retumbando en la conciencia, imposible de olvidar: el alarido de una madre derrumbada porque no resiste más la espera por el cuerpo que salió de su cuerpo.

Ha habido casos en que, es tanta la espera, que el cadáver llega en condiciones en que no es posible hacerle velorio: putrefacto, tumefacto, violáceo, impresentable.

Y no hemos hablado de lo que pasa una vez se entrega el cadáver. La otra espera, esta vez para saber la causa. Por eso se esperan hasta años.

Años para que una madre sepa qué le llevó a su hijo, para que una viuda pueda reclamarle a alguien por el esposo, para que continúen las investigaciones.

A veces hay que tomar un poco de distancia para que la perspectiva permita entender cuán absoluto es el colapso que vivimos.

La institucionalidad se ha deteriorado de tal manera aquí que ya ni podemos procesar con dignidad a nuestros muertos, algo tan elemental y tan básico en una sociedad.

El colapso, por el peso de la bancarrota, de la politiquería, de la mediocridad y de la corrupción, no se puede ya ocultar. Lo vemos en las calles a oscuras y llenas de cráteres. En los sistemas informáticos colapsados. En el imparable deterioro de la Universidad de Puerto Rico (UPR). En los fiascos de día y de noche.

Y hay también tanto que aún no se ve, tanta tragedia fermentándose ahora mismo fuera de nuestra vista a causa de este maldito tiempo de carencias. Pero no hay instancia en que se revele la quiebra con tanta impiedad como en esto de los muertos.

El Negociado de Ciencias Forenses es parte de la “sombrilla” del Departamento de Seguridad Pública (DSP), una idea del gobernador Ricardo Rosselló, dirigida por Héctor Pesquera, que, según todo el que la mira sin pasión, no sirve.

Pesquera culpa del fracaso a los recortes impuestos por la Junta de Supervisión Fiscal. Tiene algo de razón; la Junta le recortó $37 millones a la nómina del DSP. Pero hay otro detalle: la Junta le ha dicho que le presente la petición de que se le permita sacar dinero de otras partidas y dedicarlo a Ciencias Forenses. Pesquera no lo ha hecho. En otras palabras, se queja en público y no donde tendría que hacerlo. En diciembre, la Junta le autorizó $78,000 para nómina. Pero Pesquera no ha sometido la documentación para recibirlo.

Incompetencia y la precariedad: combinación mortal.

Dinero para Ciencias Forenses, como para otras áreas esenciales, lo hay. Lo que pasa es que hay vicio de quemarlo en lo nimio. No hablemos, solo por hoy, del inmoral gasto de $30 millones por no hacer nada en la Comisión Estatal de Elecciones. Es un tema ya dilucidado que ese gasto no tiene que hacerse en años en que no hay elecciones. Falta hacérselo entender a la clase política.

Miremos hoy a otro lado. Las paredes de mármol del Capitolio no han permitido que se oiga allá el llanto de las madres esperando que les entreguen los cadáveres de sus hijos. Allí se están fututeando $189,630 en una inservible “plaza de los creyentes”. Aparecieron también $9 millones para que legisladores repartan bienaventuranzas en los distritos.

Vean cómo es esto: el problema de Ciencias Forenses es de personal. Se dice que tiene ahora mismo solo tres patólogos, que pueden hacer cada uno de dos a tres autopsias al día, porque ese es un proceso delicado, que hay que hacer con cuidado y que, por lo tanto, tarda. Por eso es que hay más de cien cadáveres apiñados allí esperando su autopsia. Con el dinero de la “plaza de los creyentes” y los $9 millones que legisladores usarán para irse a politiquear con los pueblos se pueden resolver muchos problemas en Ciencias Forenses.

Pero en la Legislatura viven en otra dimensión de la realidad. Preguntado el otro día por la “plaza de los creyentes”, el presidente del Senado, Thomas Rivera Schatz dijo: “Siempre habrá alguien que diga que hay prioridades. Desde el principio de los tiempos ha habido prioridades”. Después demostró que no ve con claridad lo que pasa en el resto del país: “Todo se ha ido atendiendo. No se ha descuidado nada. Dentro de los limitados recursos que tenemos hemos estado trabajando con todos los temas y, desde mi punto de vista, con mucha precisión y responsabilidad”.

El presidente de la Cámara de Representantes, Carlos “Johnny” Méndez, mientras tanto, dijo que hay “plazas de todo” y que se haga lo que se haga “siempre hay gente que lo va a cuestionar”. Se olvidó también de que en el esquema constitucional de Puerto Rico (y Estados Unidos, ya que a él le gusta más el de allá) hay separación de iglesia y estado, y reconoció que el propósito de la “plaza de los creyentes” es “exaltar a Dios”.

Esos dos, con sus choferes, sus escoltas, sus ayudantes, su poder, como se ve, se rindieron.

Los demás, sobre todo los que perdieron a un querido y están atravesando ahora el infierno de la espera, esos no pueden darse ese lujo.

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