Larry Emil Alicea Rodríguez

Punto de Vista

Por Larry Emil Alicea Rodríguez
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El machismo también mata a los hombres

Soy hombre y soy feminista. Esto implica que he asumido con las mujeres conciencia de la dominación, explotación y opresiones que han sufrido a través de la historia y tengo el firme propósito de erradicarlos.  

Hace 12 años no podía decir que era feminista.   Luego de nacer fui contaminado con el machismo. Me vistieron de azul, y comenzó una serie de prohibiciones y aprendizajes de lo que la sociedad esperaba que hiciera para demostrar mi hombría. Me dijeron con qué juguetes podía jugar y cuáles estaban prohibidos como hombre y fueron creando una línea abismal dónde cualquier cosa, asignado a lo femenino no correspondía a los hombres y era débil, vulnerable y restaba a mi masculinidad.  

Luego, me hicieron ver que llorar estaba mal. Que era un asunto solo de las niñas. Eso provocó que tuviera que reprimir mis sentimientos y cuando lloraba compañeros menoscababan mi masculinidad y proferían toda clase de insultos. Inclusive, en la escuela se me enseñó que todos los inventos, el conocimiento y la inmensa mayoría de las aportaciones trascendentales de la humanidad eran de los hombres. 

Por todo eso, asumimos nuestros privilegios como hombres y damos por sentadas las desventajas que tienen las mujeres como algo natural.  El primer paso hacia el feminismo es cuestionarse y renunciar a esos privilegios.  Los estudios del género nos dicen que la masculinidad y la llamada feminidad se construyen a través de nuestras relaciones sociales. Por tanto, no son naturales. 

Desde etapas tempranas en el desarrollo, la socialización le requiere a los hombres que atraviesen pruebas reiteradas de virilidad y dominemos el espacio con agresividad y violencia.  Y es que los ideales del patriarcado y su bacteria principal, el machismo, no solamente son violentos para las mujeres.  Son mortales para nosotros los hombres. Observe las estadísticas de suicidio y violencia y verá cómo el patriarcado es la sentencia principal de muerte para los hombres. El machismo también mata a los hombres.

Esa masculinidad hegemónica y opresora ha hecho que confrontemos dificultad para demostrar nuestras emociones y que en cierta medida nos volvamos extraños a nuestras propias vidas emocionales encauzando nuestras emociones hacia la violencia y el abuso del poder. Nos mantiene en una lucha constante por lograr llegar a un ideal de masculinidad que algunas autoras han considerado un modelo social inalcanzable.  En ese proceso antinatural, se segrega a los niños de todo lo socialmente asociado al mundo de lo femenino y que debe ser natural a todas con independencia de nuestro sexo de nacimiento. Esa segregación nos arranca prácticamente el componente emocional y nos lleva asumir diversas formas de violencias directas y encubiertas.

Afirmo que la mejor aportación que podemos hacer los hombres un 25 de noviembre no es regalar flores, ni felicitar a las mujeres. Desde el privilegio que nos pone en la mano una sociedad patricarcal, por las diferencias del sexo en el que nacimos, nuestra mejor aportación este y todos los días  debe ser acompañar a las mujeres para derribar las desigualdades y construir por la equidad desde la diversidad.  

Todos los hombres debemos promover la enseñanza con perspectiva de género.  Esto implica evaluar en todas las áreas de lo político, social, económico, cultural y relacional, los impactos, las diferencias y el discrimen que se crea por las construcciones sociales asociadas al género. Debemos, abandonar la cárcel violenta de la masculinidad hegemónica, para encontrar masculinidades disidentes desde el amor, la sensibilidad y la solidaridad. Debemos forjar masculinidades sin violencia, en las que trabajemos con las mujeres por un mundo donde podamos construir sobre bases de equidad.  Masculinidades que celebren con las mujeres las diversidades de lo femenino, las identidades que las intersecan y los mundos que quieren construir sobre bases de justicia.  Sería utópico, pero algunas feministas lo llamarían un mundo sin construcciones sociales sobre el género.  

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