Eduardo Lalo

Isla en su tinta

Por Eduardo Lalo
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El mejor año del siglo

Esta es la última columna de este año extraordinario. Hacia su mitad las fuerzas latentes de una sociedad acostumbrada a apoyar a sus dominadores tomaron las calles de San Juan y rodearon noche a noche La Fortaleza. ¿Qué motivaron las protestas de una magnitud, compromiso y unidad tan inusuales? La respuesta anecdótica es obvia, pero insuficiente. Si bien el chat de Telegram tenía amplias y gravísimas causas para la indignación, otros elementos debieron estar presentes en estos acontecimientos. Dilucidarlo no resulta sencillo y al menos es tan difícil como prever las consecuencias futuras del Verano del 19.

Al igual que cientos de millares de ciudadanos participé en las manifestaciones. En muchas ocasiones, durante años, había estado en otras. Un hecho significativo diferenció las más recientes protestas y marchas de otras. En el Verano del 19, la mayoría de los que ocupaban las calles rara vez o incluso nunca lo habían hecho. No me refiero solamente al dato incuestionable de la presencia masiva de la juventud. Este hecho palpable ha sido universalmente destacado. Sin embargo, pienso que su mención reiterada oscurece fenómenos que podrían ser de más trascendencia política.

El destaque de la presencia de los jóvenes se inscribe en una lógica de imágenes y preconcepciones. Son muchos los años en que se ha estimado y repetido hasta el cansancio, que las generaciones que nacieron y crecieron en un universo digital poseían rasgos que las distinguían de sus mayores. El hecho, si se mira bien, resulta natural y evidente. Lo que ocurre es que se imaginaba que estas diferencias ausentaban a este sector de lo político y las luchas sociales. Sin embargo, si hay un par de generaciones que se han beneficiado de la insatisfacción con lo establecido son las más recientes. Para ellas los beneficios de los pasados enfrentamientos con el Estado y otras instituciones resultan tan cotidianos, que desde que tienen consciencia forman parte integral de sus vidas. ¿De qué otra manera entender el que un adolescente aún en la escuela superior pueda practicar su derecho a la diversidad sexual o que un grupo de jóvenes, armados únicamente con teléfonos, dispongan de una capacidad creativa y organizativa sin precedentes, mucho más ágil que la de instituciones privadas o públicas? Las intenciones de estos últimos pueden ser lúdicas, frívolas o políticas, pero la estructura de contacto y acción no solamente es tremenda, sino que está conectada con el resto del mundo.

Los jóvenes del Verano del 19 no eran solamente, como se tiende a destacar, los escolares o universitarios, sino que estaban también los que les precedían inmediatamente y que en años recientes no se les había visto regular ni masivamente reclamando derechos o cambios. No se les había visto, no porque fueran indiferentes o apáticos, sino porque, como a los más jóvenes, en sus vidas esos derechos ya se habían ganado o apropiado.

En este sentido, para ellos resultó natural tomar las calles, entre otras cosas porque sus mentes y cuerpos hacía rato que ya las habían tomado. Esos hombres y mujeres fueron fundamentalmente los que vivieron durante noches en nubes de gases lacrimógenos. Ellos fueron los que sufrieron las consecuencias de la violencia ejercida por el Estado y su policía. El Verano del 19 no fue pacífico: ataques incontables con golpes, gases y tiros con balas de goma de parte de las fuerzas represivas asediaron diariamente a multitudes. Hubo múltiples heridos: gente que tendrá para siempre cicatrices en la cara y en el cuerpo. El hecho de que nadie haya muerto tuvo seguramente más que ver con la suerte y la organización de los manifestantes, que con la “contención” de la policía.

Aparte de las generaciones digitales, un elemento crucial y a mi parecer no lo suficientemente destacado fue la participación de los mayores. Al igual que acontece con los jóvenes, sus grupos fueron varios. Recuerdo ver en una marcha a un hombre mayor y enfermo que sentado en un andador era impulsado por un familiar para que al menos participara unos minutos del caudal de manifestantes. Recuerdo a una familia que lideraba los cantos de consignas. Eran dos lesbianas llegando a la tercera edad, acompañadas por la hermosa variedad fenotípica de sus hijos y nietos. Recuerdo a mujeres cubiertas de pies a cabeza, con sombreros de ala anchísima, entusiastas protectoras de la palidez de su piel, marchando junto a abuelas en pantalones cortos llevando a sus nietos en coches, turnándose en el soplo del pito y el golpe al pandero.

Era otro Puerto Rico que el que nos pintan y, dramáticamente, era el que siempre ha estado. Todos los colores, todas las sexualidades, todos los juntes, todos los bolsillos, dispuestos a compartir el agua y la sombra, la calle y la represión. Los jóvenes, en realidad, no fueron la verdadera sorpresa de estas marchas. La sorpresa la constituyeron otros: los que les dolían los pies, los que quedaron roncos, los que no podían creer que tenían ante sí a un montón de muchachas con los torsos pintados y desnudos. Esa población que en el Verano del 19 estuvo dispuesta a comprender y aceptar las diferencias que había sido enseñada a menospreciar, acaso se convirtió entonces en el nuevo actor político del país. Quizá en esto resida el hecho más trascendente del Verano del 19: Puerto Rico descubrió que era otro Puerto Rico.

En ese país diverso, acogido en el oleaje de las protestas, también hubo ausentes. Con contadísimas excepciones, el bipartidismo brilló por su ausencia. La ignominia del chat que se convirtió en el autorretrato de Rosselló y su camarilla pudo ser, qué duda cabe, palabra o barbaridad más o menos, de muchos otros políticos. Por ello, desde el último verano, en el bipartidismo toda política o acción ha sido un control de daños o una fantasía, oración, súplica de que lo acontecido hace unos meses se vuelva irrepetible. Los políticos más atemorizados y tenebrosos ya andan creando leyes antidemocráticas y asignando recursos a la Policía para criminalizar la resistencia e intentar producir, a base de miedo, la apatía ciudadana por al menos el resto de sus vidas públicas.

Para mí el extraordinario 2019 fue al menos esto: el país vislumbró el futuro y este era maravilloso. En él no existía ni el PNP ni el PPD y no había mafias políticas, amigos del alma ni hijos talentosos. Puerto Rico descubrió que por encima de toda división, estaba la bandera de todos y la valentía y la dignidad mostradas por los que la llevaron ondeando por las calles, estaba hecha con la carne y los huesos de nuestros cuerpos y con la memoria de nuestros muertos. Fue el mejor año del siglo, el único que hasta ahora merece no solo el recuerdo sino el homenaje. Ya sabemos cuál es la llave del futuro.

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