Francisco A. Catalá

Tribuna Invitada

Por Francisco A. Catalá
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El mercado: manto sagrado que arropa a la sociedad

“Todo se compra y todo se vende”. Esta es una máxima de muchos que, conscientemente o no, están convencidos de las bondades de la doctrina neoliberal. No conciben al mercado como la institución social que es, sino como el manto sagrado que arropa a la sociedad y que rige toda interacción entre los seres humanos, desde el comercio hasta la política y la intimidad.

A partir de tal concepción confunden el espacio público con el privado, lo colectivo con lo individual, el interés general con el personal… Intentan transformar en mercancía a todo artículo, servicio y hasta sentimiento con tal de que su intercambio este sujeto a la fuerza motriz del lucro. Por ello, el eje de su política es la privatización. Comienzan por desacreditar lo político y la administración pública, en lo que suelen tener bastante éxito. Luego, cuando privatizan, rigen las mismas reglas para el comercio de papas y manteca que para los servicios de salud y educación.

Su educación formal e informal se orienta eminentemente por el dinero. Esta es su medida de éxito. Les resultan ajenos, incomprensibles y detestables los bienes que no encajan en las normas mercantiles, como el interés común, el respeto a la naturaleza, la igualdad, la amistad, la sana convivencia y la sensibilidad hacia la justicia.

La confusión valorativa es tal que cuando llegan al gobierno son incapaces de distinguir la gestión gubernamental de la política partidista o al servicio público de la actividad privada. Convierten a los funcionarios en subalternos de oscuros consultores que tienen el don de tejer complejos contratos en los que sufre el interés público y florece la corrupción. Abundan, como abejas alrededor del panal, los vendedores de influencias. La asesoría legítima juega un papel subordinado a los “grandes”—casi siempre del exterior—y, si no encaja en el esquema, se evapora sin dejar rastro.

La obsesión mercantil no está sola. En Puerto Rico se deja acompañar de una cultura política colonial que sirve de fragua a extrañas pasiones. El desprecio al país, al prójimo y a sí mismos no se puede despachar como meras desviaciones o errores personales, sobre todo cuando las formaciones políticas electoralmente dominantes postulan, en un caso, la subordinación y la dependencia como un estado de gracia y, en el otro, la negación y liquidación de una nación como la conquista de un derecho civil. Con semejante enredo no se puede forjar una sociedad sana. Hay que desenredarse primero.

El dominio neoliberal y la cultura política enajenante son un mal binomio. Provocan que la política oscile, cada vez más intensamente, entre la vulgaridad y el delito. Y más allá de la política también. Superar tal estado de cosas – es decir, el citado binomio – no será fácil. Hay que comenzar por reconocerlo para entonces disponerse a establecer nuevas pautas políticas, culturales, educativas…

La política no es,como insistenen repetir hasta el cansancio los fatalistas, “el arte de lo posible”. La política es, más bien, el arte de lograr que lo necesario sea posible.

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