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El miedo

Luego de la bomba que explotó el 17 de septiembre en Chelsea, Manhattan y que dejó 31 heridos, la gente intentaba conseguir su “normalidad”. Era difícil, sin embargo.

Las autoridades fueron claras en esa directriz de “If you see something, say something”: esa oda a la sospecha se activó por el estado de alerta de la ciudad ante cualquier paquete sospechoso.

El 19 de septiembre, antes que la policía diera con el sospechoso Ahmad Rahami, en el tren todos se buscaban la mirada.

En el subway, lo usual es evitar el intercambio de miradas mientras lo corriente es refugiarse en los audífonos, el que nos acompaña o el libro o periódico que leemos. Ese día, muchos miraban con sigilo, la mayoría observaba detenidamente las mochilas y las maletas a bordo.

Al abrir sus puertas, la gente salió disparada.

Intentar conseguir lo que entendemos como normalidad se pelea con el miedo, la sospecha y esos momentos en los que la desconfianza recae sobre la imagen, el lenguaje corporal y cómo nos comportamos.

Desde ese sábado 17 al miércoles 21, el Departamento de la Policía de Nueva York había recibido 818 denuncias de paquetes sospechosos: una mezcla de miedo, responsabilidad ciudadana y ganas de hacer bromas pesadas.

Unos días después, el 29 de septiembre, el tren 1614 de la línea Pascack Valley chocó contra la estación de Hoboken, en Nueva Jersey.

Al momento que escribo estas líneas, el accidente había dejado una muerte y 108 heridos. Pero otra secuela fue el caos para los miles que dependen de las rutas de trenes como ese para desplazarse de sus trabajos a sus casas, de sus casas a sus trabajos entre Nueva Jersey y Nueva York.

Muchos de los testigos que hablaron con los medios describieron el pánico y sus primeros pensamientos que llevaron a algunos a pensar en la explosión de una bomba.

La sensación de miedo se ha tornado otra forma de vivir.

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