Juan Zaragoza

Tribuna Invitada

Por Juan Zaragoza
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El misterio de la derogación

El misterio detrás de la derogación de la Ley 80 parece uno de esos cuentos terroríficos de Edgar Allan Poe. Cuentos que asustan en inglés y por lo menos a mi, aún más en su versión en español, en traducción de Julio Cortázar.

Las tinieblas que rodean dicha decisión y la justificación fantasiosa del supuesto crecimiento económico me recuerdan el “El barril de amontillado”. En este relato, el protagonista planifica y ejecuta meticulosamente una dulce venganza por una ofensa mayor, ofensa que nunca se le devela al lector. La venganza, enterrar vivo a su enemigo.

En el cuento que vivimos acá, se sacrifica la Ley 80, lacerando los derechos de los trabajadores, mientras nadie puede proveer un estudio, análisis o teoría que justifique su eliminación. Es como si alguien desde la oscuridad y con la meticulosidad del protagonista del cuento de Poe, hubiera planificado y ejecutado esta venganza contra los trabajadores.

Como todo cuento de misterio bien escrito, llueven las especulaciones para justificar el fatal desenlace. ¿Se hace para, pincelada a pincelada, parecernos más a los Estados Unidos? ¿Se hace para que sea más fácil limpiar la casa en el caso ventas de negocios, incluyendo las privatizaciones? ¿Se entregó a cambio de más fondos para seguir gastando (de todas mi preferida)?

Para completar, no olvidemos que la derogación de la Ley 80 fue propuesta originalmente por el Gobernador en su reforma laboral, complicando la trama de este cuento, ya que no se puede entregar lo que ya se había entregado. Es el cuento circular donde la víctima también es el agresor.

La Ley 80 está dirigida a proteger a los trabajadores contra despidos injustificados. Al respecto, establece seis razones para justificar un despido, tres relacionadas con la situación económica del patrono, y tres con el comportamiento del empleado. La Ley 80 se ha enmendado en los pasados dos años, primero para limitar la compensación al equivalente a nueve meses de salario, y segundo, para transferir el peso de probar lo injustificado del despido al empleado (anteriormente el patrono tenía que probar la justificación).

Ahora se propone derogar por completo la Ley 80 porque es necesario para que la economía crezca. No he hablado con un solo patrono hoy que me diga que va a contratar más empleados con la derogación de esta ley. En cuanto a los que podrían venir a la isla a establecerse, es necesario entender cómo funcionan. Estas empresas operarán los locales, tiendas o sucursales que dicte la demanda por sus productos o servicios, ni una más. En cuanto a los empleados, estos locales tendrán la cantidad que dicte su modelo de negocios, ni más ni menos. No conozco a ninguna que haya incluido en sus proyecciones para operar en Puerto Rico una suma para el despido injustificado de cierta cantidad de empleados, y que al derogar la Ley sea más rentable.

En cuanto a los empresarios locales y los extranjeros que ya están aquí, es posible que exista el interés de salir de uno que otro empleado, para el cual su expediente de personal no justifica la cesantía. Pero ese despido solo provocaría la sustitución “pelo a pelo” del empleado y en una economía como esta, ni pensar que van a reclutar dos por uno.

En este cuento de terror se junta el desenlace fatal con el misterio de su razón. Si alguna dimensión o ángulo de la Ley 80 es un obstáculo para el desarrollo económico, debe enmendarse esta para atender esa situación (claro está, partiendo de los estudios que lo justifiquen) y no enterrarla viva, como en el cuento de Poe.

Si la misteriosa razón es que se negoció la derogación para poder gastar más, entonces sí que tocamos fondo. Porque ese gasto, como hemos visto en las pasadas semanas, no será en beneficio del país, sino en beneficio de unos pocos. Si seguimos así, esos pocos serán los únicos que se quedarán a vivir en este país de cuentos.

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