Francisco Martínez Hoyos

Tribuna Invitada

Por Francisco Martínez Hoyos
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El misterio inexistente de JFK

El presidente John F. Kennedy murió solo una vez. Por tanto, no pueden ser ciertas todas las teorías conspiratorias que hacen recaer la responsabilidad del asesinato en la Mafia, la Cuba castrista, los exiliados anticastristas, la Unión Soviética o incluso el vicepresidente Lyndon B. Johnson. Las hipótesis, razonables o descabelladas, se han multiplicado hasta tal punto, que la pregunta deja de ser quién mató a Kennedy para ser quién no le mató. Este es, precisamente, el título de un documentado y ameno libro del periodista e historiador Vicent Quivy: Qui n’a pas tué John Kennedy? (2013). El suyo es un intento de imponer sentido común en un terreno dominado por el sensacionalismo más desaforado.

Si se sabe vender bien, cualquier especulación fantasiosa puede pasar por una sesuda reconstrucción de los acontecimientos. Eso fue lo que supo hacer como nadie Oliver Stone en JFK (1991), una película tan deslumbrante como obra cinematográfica como inexacta desde el punto de vista histórico. Jim Garrison no fue el investigador intachable que encarna Kevin Costner, sino un personaje turbio y con ganas de protagonismo, capaz de gastar el dinero del contribuyente en una investigación que no llevaba a ninguna parte. David Talbot, en La conspiración (2008), le presenta como un hombre de “ambiciones y apetitos desmesurados”, tan bocazas como ruidoso.

En cuanto a la autoría del crimen, Stone se refugia en vaguedades. Fueron “ellos”. El sistema tuvo la culpa. Lo malo es que el autor del magnicidio no pudo ser una abstracción sino alguien con nombre y apellidos.

De la película, sin embargo, se sacó algo positivo. Contribuyó a que ordenara la desclasificación de miles de documentos sobre el caso. En un plazo de veinticinco años que se han cumplido ya. Donald Trump no ha querido bloquear el libre acceso a estos papeles inéditos, a excepción de los casos en que la seguridad nacional aconseja otra cosa. Se ha inclinado, finalmente, por el criterio de la CIA y el FBI, por más que mantenga un pulso con estas agencias.

Uno de sus asesores, Roger Stone, se permitió afirmar que los papeles iban a revelar que la CIA había entrenado al asesino, Lee Harvey Oswald, y conocía sus movimientos. Sin embargo, no habría hecho nada por alertar a la Casa Blanca. Stone, por cierto, fue el coautor de un libro de éxito titulado The Man Who Killed Kennedy: the Case Against LBJ. Johnson, ciertamente, tuvo una relación difícil con JFK y sobre todo con su hermano Bobby… ¡Pero eso no basta para cargarle el muerto encima, nunca mejor dicho!

Trump, por su parte, no ha dudado en utilizar a Kennedy para sus propios fines. En plena campaña electoral, no dudó en afirmar que el padre de un rival, el republicano Ted Cruz, había estado con Oswald poco antes del magnicidio de Dallas. Naturalmente, el comentario era del todo gratuito, un ejemplo entre tantos de posverdad. Cruz respondió, irónicamente, que así era. Su padre había apretado el gatillo y ademástenía enterrado al sindicalista Jimmy Hoffa, desaparecido en los setenta sin dejar rastro, en el patio de su casa.

La desclasificación, finalmente, no ha aportado ningún titular rimbombante. Porque no hay nada de importancia qué decir. En 1993, el periodista de investigación Gerald Posner publicó un importante estudio sobre el magnicidio que se titulaba, precisamente, Caso Cerrado (Case Closed).

¿Tuvo realmente la CIA algo que ver en los sucesos del 22 de noviembre de 1963? Se ha escrito largo y tendido sobre una organización que sería un Estado dentro del Estado, una hidra a la que John F. Kennedy, supuestamente, iba a enfrentarse. En realidad, la Agencia de Langley obedecía los dictados de la Casa Blanca con una disciplina estricta, tal como aseguraría Robert McNamara, el que fue secretario de Defensa de JFK. Por tanto, la idea de unos agentes que actuarían por su cuenta, aunque resulte fascinante desde un punto de vista literario o cinematográfico, tiene poco que ver con lo que realmente sucedió.

Los comunistas tampoco son creíbles como inductores del magnicidio. Ni Fidel Castro ni el Kremlin ganaban nada eliminando a Kennedy para que le sustituyera un sudista, el vicepresidente Johnson, del que se podía esperar una política más dura. Además, en el supuesto de que La Habana o Moscú hubieran intervenido, sin duda habrían empleado a un tipo con más estabilidad psicológica que Lee Harvey Oswald.

La Mafia, supuestamente, se habría servido de Jack Ruby para asesinar a Oswald e impedir que hablara. En realidad, así solo se hubiera trasladado el problema. Ruby, un personaje psicológicamente inestable, de haber actuado dentro de alguna conspiración, no podía ofrecer garantías de silencio.

En Reclaiming History (2007), un trabajo enciclopédico, Vicent Bugliosi desmonta con paciencia todas las teorías conspiratorias. Tenemos pruebas sobradas de que fue Oswald el que apretó el gatillo. Sus huellas, por ejemplo, se encuentran en la culata del fusil utilizado contra el presidente. En cambio, nadie ha podido relacionarle con ninguno de los grupos a los que se atribuye el magnicidio. Para la Mafia, los cubanos y el resto de sospechosos, implicarse en una acción de tanta envergadura hubiera sido en demasiado peligroso. Un asesinato de esa índole exigía una conspiración con muchas personas en el ajo. Mantener el secreto, tantos años, con tantos implicados, hubiera sido sencillamente imposible.

¿Y la “bala mágica”? Esta denominación irónica hace referencia a la supuesta imposibilidad física de que la bala que impactó a Kennedy primero, al gobernador Connally después, siguiera la trayectoria que pretende la versión oficial. Sin embargo, según la reconstrucción por ordenador del diseñador Dale Myers, no necesitamos la “magia” para explicar el recorrido del proyectil. A su vez, el periodista Max Holland, en un estudio a partir de la película de Zapruder, considera que sólo existió un francotirador. Parece, pues, que la Comisión Warren tenía razón al menos en este punto.

Como el propio JFK dijo en cierta ocasión, un asesino que deseara acabar con el presidente no lo tenía difícil. Estaba en lo cierto. Antes y después, otros mandatarios norteamericanos sufrieron atentados. La diferencia es que no poseían el carisma de Kennedy. Resultaba difícil de creer que un hombre en la plenitud de sus facultades, guapo, millonario y rodeado de una familia igualmente fotogénica, sucumbiera a los designios de un desequilibrado. De un loco capaz de torcer la historia de un país que parecía haber entrado en una senda de fructífero reformismo, bajo un líder que encarnaría los mejores ideales de la nación. Otro asunto es que el verdadero Kennedy fuera mucho más pragmático y conservador que el de la leyenda que le retrata como un nuevo rey Arturo. 

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