Fernando Cabanillas

Tribuna Invitada

Por Fernando Cabanillas
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El misterioso secreto de los elefantes

Me gustaría que fuéramos como los elefantes. Se calcula que hasta un 25% de los humanos moriremos de cáncer. Sin embargo, menos del 5% de los elefantes serán víctimas de esa enfermedad. Y no es porque mueran a muy temprana edad por otras causas. La expectativa de vida de un elefante es parecida a la de los humanos. 

Debido al gran tamaño de los elefantes, el número de células que contiene su cuerpo es muchísimo mayor que el nuestro. Muchas de esas células mueren a diario y otras nuevas las remplazarán. Con el fin de remplazarlas, un gran número de células progenitoras deben replicarse para poder sustituirlas. Cada vez que una de estas células progenitoras se divide, existe el riesgo de que cometa un error al replicar su ADN.  Al producirse un error, eso resulta en un ADN defectuoso y puede causar que la célula se convierta en maligna, dando eventualmente lugar a un tumor canceroso. 

Debido al enorme número de células que se propagan en los elefantes, el peligro de que desarrollen cáncer debería ser alto, mucho mayor que el de un ser humano. Antes de convertirse en malignas, las células averiadas usualmente intentan reparar el daño a su ADN, evitando así que se genere un cáncer. Sin embargo, los elefantes no poseen la capacidad de reparar el daño al ADN. Como consecuencia, esto aumenta todavía más su riesgo de adquirir un cáncer. 

Entonces, ¿en qué consiste el secreto especial que tienen los paquidermos, no solo para mitigar ese alto riesgo de desarrollar cáncer, sino para que incluso su frecuencia de cáncer sea mucho menor que la nuestra?

Hace más de cuatro décadas se viene debatiendo el porqué de este fenómeno, que hasta hace muy poco resistió toda explicación lógica y biológica. El encontrar una explicación para ese enigma no solo ha representado un reto intelectual, sino que también ha sido motivo de una obstinada búsqueda científica porque la aclaración de este misterio podría acarrear importantes aplicaciones en cuanto a la prevención y el manejo del cáncer en humanos. El entender este secreto podría resultar en nuevas terapias para el cáncer. 

Hacia finales de 2015, el misterio empezó a resolverse cuando el Dr. Mike Sulak, de la Universidad de Chicago, y la Dra. Lisa Abegglen de la Universidad de Utah, coincidieron en descubrir que los elefantes son portadores de 40 copias de un gen llamado p53, mientras que los humanos solo tenemos dos copias. ¿Y cómo explica esto que se enfermen menos de cáncer? El p53 pertenece a la categoría de los “genes supresores de tumores” cuya función, como nos indica el nombre, es protegernos del cáncer.

Cuando el ADN se estropea, ya sea por un error irreparable al dividirse la célula, o por causa de un cancerígeno como por ejemplo un pesticida o el cigarrillo, la célula se puede convertir en maligna dando origen a un tumor canceroso. Con el fin de evitar eso, al gen p53 ordena a la célula hacer algo que los antiguos guerreros japoneses, conocidos como samuráis, normalmente consideraban como una decisión honorable: el harakiri o el suicidio, abriéndose el vientre con una espada. Este acto de suicidio celular, los científicos no lo llamamos harakiri, lo llamamos apoptosis, una palabra griega para describir un fenómeno que ocurre en nuestro cuerpo múltiples veces todos los días.  

¿Si nuestro amigo p53 está ahí para protegernos, por qué entonces nos da cáncer? Pues resulta que el gen p53 se puede averiar también y por eso tenemos dos copias, en caso de que una se dañe, la otra nos sirve como una llanta de repuesto. El problema surge cuando la segunda copia se estropea y entonces no tenemos la protección que usualmente nos ofrece el p53. También hay algunos niños que nacen con una sola copia del p53, y por ende tienen una altísima incidencia de cáncer. Así es que los elefantes nos ganan el partido con gran ventaja, porque tendrían que estropearse las 40 copias del p53 antes que desarrollen cáncer. 

Después de descubrir el rol del p53 en los elefantes, los investigadores no descansaron sobre sus laureles. Han continuado la búsqueda de genes que les permiten a los elefantes combatir el cáncer, y pronto descubrieron otro, al cual denominaron LIF6 y que solo los elefantes poseen. Los experimentos indican que LIF6 se dirige a las mitocondrias, unas pequeñas fábricas generadoras de combustible de la célula, y provoca que la célula muera, aumentando todavía más la eficacia del acto suicida del p53.

¿Por qué la naturaleza ha sido tan injusta con nosotros, favoreciendo en cambio a los paquidermos? Pues probablemente es un mecanismo para preservar la especie, o como nos diría Charles Darwin, representa la supervivencia del más apto. Hace millones de años los precursores del elefante moderno probablemente tenían menos genes p53 y morían de cáncer cuando jóvenes, pero con el pasar del tiempo fueron ganando más de estos genes y sobrevivieron más tiempo. 

Los humanos, como somos más pequeños, tenemos menos células y por tanto menos riesgo de cáncer que un elefante y no necesitábamos más que dos copias del p53. Como moríamos jóvenes, usualmente a causa de infecciones, no vivíamos suficiente para que nos diera cáncer. Esto desde luego, ha cambiado y gracias en gran parte a los antibióticos, nuestra expectativa de vida hoy día es mucho mayor. ¡Qué bien nos vendrían ahora unas copias extras del p53! Ahí es que la investigación científica puede eventualmente llevarnos si aprendemos a añadir esas copias extras.

Los elefantes no pierden el tiempo reparando los daños a su ADN, prefieren el harakiri a la reparación o “control de daños”. En eso los paquidermos se asemejan más a los honorables samuráis, distinguiéndose así de nuestros gobernantes, que cuando enfrentan un problema que puede afectar su imagen, en vez de cometer harakiri, corren a consultar sus relacionistas públicos para control de daños y lo próximo es un espectáculo mediático. Les recomiendo un ejercicio mental interesante... intenten imaginar esta isla con nuestros políticos emulando a los samuráis.

A la elefante Mundi, residente del Zoológico de Mayagüez, pronto la trasladarán a Georgia. Tal vez la Sociedad Americana del Cáncer pueda adoptar a Mundi. Mundi sería la campeona mundial de la lucha contra el cáncer. Inclusive podríamos sustituir el emblema de esa sociedad, que consiste de una espada con dos serpientes. Sin duda un nuevo logo con la elefante Mundi agarrando con su trompa una espada de samurái resultaría más original, llamativo y provocador. ¿Usted qué cree?

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