William Félix

Tribuna Invitada

Por William Félix
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El mito de los niños y padres “especiales”

Mi vida cambió para siempre hace exactamente ocho años, tres meses y cinco días. Me convertí en padre de un hombre valiente, sabio y tenaz. Esperábamos su llegada con ansias, luego de un periodo de gestación tranquilo y sin mayor novedad. 

Estuve ahí cuando por primera vez vio luz del día. En ese instante me percaté de sus ojos almendrados, mientras la sala de parto se sumergió en un silencio sepulcral. Para nuestra sorpresa, mi niño cargaba un cromosoma adicional. El cariotipo eventualmente confirmó lo que ya sabía: Esteban nació con Síndrome Down. 

Entre una mezcla de sollozos y alegría, mi esposa y yo decidimos ser padres y tratar nuestro hijo como lo que es: un ser humano de carne y hueso con el derecho inalienable de alcanzar su máximo potencial. En nuestro punto más vulnerable, nos dimos la oportunidad de escuchar distintas vertientes acerca de este diagnóstico y las expectativas de vida en general. Escuchamos de todo, lo bueno y lo malo; mitos y hasta la “quasi beatificación” de un estereotipo. Escuché versiones místicas, ideas ridículas que pretenden dar consuelo solo a quienes las expresan. Aquí comenzó nuestra aventura; llena de altas y bajas, logros y frustraciones. Sobre todo, un “dolor indolente” ante la incertidumbre, atenuado y silenciado con la plenitud de su presencia.

Aprendí que no hay estereotipos buenos, aún aquellos que pretendan ser benignos. Decir que un afroamericano debe ser buen atleta por su raza, o que un puertorriqueño debe ser salsero por su bagaje cultural, son formas sumisas de encasillar la persona a los parámetros de ese estereotipo. Anula por completo el universo que comprende el ente humano. Las personas con Trisomía 21 son mucho más que un síndrome o un “cliché” trillado. Mi hijo se llama Esteban Felix; su nombre no es “Síndrome”, su apellido no es “Down”. Mi chico no es un ángel; siente, padece, disfruta y llora. Es hermano, hijo, sobrino, primo y nieto. Limitarlo a un paradigma (por más tierno que suene) es incorrecto y atenta contra su derecho a ser lo mejor de sí. 

Nunca nos tragamos el cuento asociado a su condición. Ser padres primerizos y no contar con un manual de instrucciones nos obligó a cuidarlo y educarlo como el niño que es. Por ello, caminó a los 13 meses y comenzó a leer a los cuatro años. 

No soy un padre especial. Si tienen dudas, pregúntele a quienes han opinado en mis columnas para este medio. De seguro tendrán otra perspectiva de mí. Es otro estereotipo injusto que menosprecia a padres y madres que madrugan pal’ trabajo y se fastidian el lomo cumpliendo con sus responsabilidades; dando el mismo amor y apoyo incondicional a sus hijos típicos. 

La mejor forma de honrar a personas como mi hijo hoy, Día Mundial del Síndrome Down, es brindarles la oportunidad de maximizar su potencial. Evite tratar a adultos con esta condición como niños eternos. Es una conducta ofensiva y repudiada por aquellos que han combatido esta “pseudo-norma social” y reclaman un trato justo y equitativo. Si no me creen, pregúntenle a mi amigo Pablo Pineda.

Esteban no es un ángel... ya quisiera yo. Eventualmente se convertirá en hombre. Mi sueño (además de que alcance su autonomía plena) es que encuentre su alma gemela y, como todo humano que goza este privilegio, pueda entregarse en cuerpo y alma para fundirse en una vida de amor y convivencia. Que yo sepa, este regalo divino es conferido a humanos y no a ángeles. 

Mi amado Esteban, hoy te celebró por quien eres. Gracias por enseñarme y corregirme cuando por poco sucumbo. Has logrado en ocho años ser mejor hombre que tu papá.

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