Ibrahim Pérez

Tribuna Invitada

Por Ibrahim Pérez
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El modelo Oregón para la tercera edad

Para el año 2030 uno de cada cuatro residentes de Puerto Rico será una persona mayor de 65 años. Nuestra vejez será mucho más prolongada. Los adultos mayores podrían disfrutar una tercera edad tan larga como su adultez pos-adolescencia, por lo que todos deberían aspirar a que esa larga bonificación que la vida les regala sea la más saludable, productiva y feliz posible, que no represente una carga social y económica significativa para nadie.

La calidad de nuestra tercera edad dependerá de los sistemas establecidos para cumplir expectativas y necesidades en el lugar donde vivamos. Su exitosa planificación requerirá que se escuchen las voces de las personas antes de que se enfermen y no puedan expresarse. Que cada uno pueda hacer constar por escrito cómo quiere ser tratado en caso de sufrir alguna condición que le impida tomar decisiones sobre sí mismo. Que nuestros deseos no queden a discreción de quienes no nos quieren bien o de quienes desconocen nuestra voluntad.

Durante las últimas décadas algunas jurisdicciones de Estados Unidos han establecido mecanismos legales que han optimizado dramáticamente la planificación del final de nuestras vidas. El estado de Oregón ha sido pionero, adoptando leyes de muerte digna e implantando la declaración previa de voluntad (“advanced directives”) para que el paciente documente su voluntad con antelación a cuando se enferme gravemente o se incapacite, y los programas POLST (“Physician Orders for Life Sustaining Treatment”), los cuales contienen las órdenes específicas a seguirse una vez ocurrida la enfermedad o incapacidad.

El programa de Oregón no solo ha sido un éxito en ese estado, sino que ya ha sido adoptado en sobre otros 20 estados. El mismo incluye un registro electrónico que contiene las directrices autorizadas por cada paciente registrado, y que está accesible electrónicamente para los proveedores que intervengan en su cuidado.

Los resultados de Oregón confirman que allí los deseos del paciente al final de su vida tienen una alta probabilidad de ser honrados, minimizando así las intervenciones no deseadas por el paciente.

Un análisis de pacientes Medicare durante 2013 reveló que en Oregón solo el 18% de los pacientes recibió tratamiento en una unidad de intensivo al final de sus vidas, en comparación con el 29% en el resto de los Estados Unidos.

Que 75% de los hospitalizados durante su último mes de vida fueron dados de alta a morir en su hogar, en comparación con 54% en el resto del país anglosajón. Que más de 40% recibió cuidado de hospicio en el hogar, en comparación con 20% en el resto de esa nación.

Esos resultados dramatizan cómo la calidad de vida y la cohesión familiar pueden preservarse al final de la vida, a la vez que se da fiel cumplimiento a los límites de intervención médica autorizados por el paciente, incluyendo sus deseos de morir en el hogar en compañía de sus seres queridos.

Todo ello en sustitución del concepto de mantener vivo al paciente a como dé lugar, aun en contra de sus deseos, y sin importar que él y sus seres queridos tengan que soportar intervenciones innecesarias e inservibles.

Todos anhelamos un final pacífico y espiritualmente enriquecedor cuando se acerque el momento de partir hacia la vida eterna, lo que nos obliga a ser más cuidadosos cuando lleguemos a la tercera edad.

Y para facilitar que se pueda cumplir con nuestra última voluntad, tenemos que dar prioridad a planificar, definir exactamente y documentar cómo deseamos que se nos trate al final de nuestras vidas.

“Vive como si fueras a morir mañana, aprende como si fueras a vivir para siempre”, dijo Mahatma Gandhi.

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