Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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El moto de Isla Verde

¿Qué duda cabe de que la presencia norteamericana en Puerto Rico ha engendrado violencia y persecución? Pero para testimoniar esa verdad no es necesario tergiversar la Historia. Cuando Nelson Antonio Denis convierte la frase dicha por el coronel Riggs -“guerra contra todos los puertorriqueños”- en el argumento principal para probar, en su ya notorio libro, que todas las calamidades puertorriqueñas se originan en aquel colonialismo crudo de los años treinta, pasa por alto contradicciones coloniales como las del “Nuevo Trato” bajo Rexford Tugwell, las transformaciones políticas de 1948 a 1952, el “welfare state” a partir de los años setenta, los más de trece mil millones en fondos federales que entran a nuestra economía.

¿Es necesario, dentro de esta “narrativa” neonacionalista, insinuar que Jayuya y Utuado fueron bombardeados en la revuelta de 1950 por el “U.S. Air Force”? Estos pueblos fueron bombardeados por aviones de la Guardia Nacional, bajo el mando de un gobernador electo por los puertorriqueños en 1948, Luis Muñoz Marín. Denis no llega a decirlo, pero insinúa que fue el presidente Harry Truman quien ordenó el bombardeo de los dos pueblos por la misma fuerza aérea que en aquel entonces bombardeaba en Corea. Nos asegura: “Ése es el único momento en que Estados Unidos ha bombardeado a sus propios ciudadanos”. Este historiador parece que se olvidó de la artillería durante la Guerra Civil norteamericana.

Según entrevista que le hiciera José Delgado para El Nuevo Día del 17 de mayo, redescubrimos que Pedro Albizu Campos recibió radiación atómica cuando estuvo preso en La Princesa. Sólo podríamos exigir, ya de una vez y para siempre, las pruebas de que esa radiación se usó. ¿Qué máquina infernal o “bomba sucia” se utilizó para emitir esos rayos que supuestamente ulceraron las piernas de Albizu Campos?

En la huelga cañera de 1934, Albizu Campos renunció al liderato de los trabajadores porque su estrategia estaba fundamentada en los intereses de toda la nación y no en la lucha de clases. Así lo entendió siempre Juan Antonio Corretjer cuando escribió sobre aquel suceso decisivo, según él, en las luchas independentistas.

Supuestamente Albizu Campos recitó el poema de Neruda “Puerto Pobre” en los comienzos de la huelga; esto raya con lo risible. Ese poema no es de los años treinta sino de los cincuenta; se publicó en el poemario “Canción de gesta”, que es de 1960. No aparece en el “Canto general”, escrito y publicado en los cuarenta.

Mi madre, por ejemplo, también era historiadora de la escuela de Denis. Era capaz de convertir en verdades históricas los chismes favoritos de su ideología republicana. Albizu vivió en el pueblo de ella, detrás de la iglesia. Eso bastó para que los rumores empezaran a correr y mi madre asegurara que Albizu tenía una corte de Magdalenas, que lo llamaban “maestro” y le lavaban los pies.

Otro cuento de especial deleite para ella era decir que un compueblano suyo, marino mercante y líder del Partido Comunista Puertorriqueño, era “marihuanero”. Todo el que viajaba más allá de la plaza del pueblo, o había vivido en Nueva York, fatalmente era marihuanero.

Dudo que un documento del FBI se refiriese a Muñoz Marín como “el moto de Isla Verde”. Y si así lo hizo, ¿debemos fiarnos de una agencia federal, como admite el propio Denis, fatalmente inclinada al “character assassination”?

De hecho, llamar “moto” a alguien sería un anacronismo; en la época de ese informe del FBI el usuario de marihuana era “marihuanero”, como Daniel Santos. Llamar “moto” a alguien es de fines de los cincuenta y principios de los sesenta. Además, con esto pasa lo mismo que con la radiación atómica y Albizu: ¿cómo se rehabilitó Muñoz tan rápidamente como para subir a la presidencia del Senado en 1940? La adicción al opio es una de las más fuertes imaginables; principalmente se “cura” en los llamados fumaderos de opio. ¿Existía uno en Isla Verde? Si no, ¿quién le conseguía el opio a Muñoz Marín? En esa época la única adicción de Muñoz Marín era al Lucky Strike. No me cabe la menor duda de que Muñoz se diera el palo y en su juventud probara algún “moto” en el Village, como lo hicieron en su momento Clinton y Obama. ¿Pero adicto al opio?

La mayor desgracia es que el Partido Independentista Puertorriqueño no sólo ha dado su imprimátur al libro sino que ha invitado a este fraude de historiador a presentarlo en “tournée” por ocho pueblos de la isla.

La herencia del colonialismo es demasiado dolorosa y seria como para trivializarla con este tipo de rumores, chismes, embustes o medias verdades, urdidas por otro abogado más en busca de notoriedad literaria.

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