Carlos E. Díaz Olivo

Punto de vista

Por Carlos E. Díaz Olivo
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El motor de la crisis puertorriqueña

En Puerto Rico la constante parece ser la vigencia de los mismos problemas, año tras año, administración tras administración. Así, por ejemplo, podemos mencionar, entre otros, las fallas en el sistema de educación pública, tanto en la corriente regular como en la especial; la inseguridad en las calles, las malas condiciones de las carreteras, el pésimo servicio de trasportación marítima hacia Vieques y Culebra, y el deterioro en la infraestructura.

La insuficiencia de recursos económicos, aunque factor importante, no es la razón exclusiva para el deterioro generalizado en la calidad de vida de los puertorriqueños. El problema de fondo es que en la operación de nuestro gobierno no existe una sana gerencia o administración pública.

El estado para ser exitoso en su gestión, como cualquier otra organización, tiene que operar bajo una serie de principios gerenciales básicos. La literatura gerencial suele resumir estos principios en los siguientes conceptos: planificación, organización, dirección y control. A poco examinamos la operación de nuestro gobierno, nos confrontamos, que, en la práctica, no se observa ninguno de estos principios.

El primer paso para una gestión exitosa es la planificación. Esto es, la articulación de un plan con metas definidas y el establecimiento de plazos para alcanzarlas. Esto también incluye, la confección de un presupuesto de conformidad a los objetivos fijados y a la realidad económica en la que se opera.

Luego de ello, es necesario organizarse para poder ejecutar el plan. Esto requiere el reclutamiento de personal capacitado y la obtención de los recursos necesarios. Todo esto debe desarrollarse fundamentado en criterios de estricta excelencia y calidad. Los recursos, entonces, deben administrarse y dirigirse adecuadamente. Para ello es necesario una comunicación efectiva con el personal para instruirle sobre los objetivos, identificar los parámetros de evaluación, y animarlos para que hagan también suyos tales propósitos.

Finalmente, está el factor del control. Esto es, una supervisión continúa del desempeño del personal a fin de asegurar que se están alcanzado los objetivos y que se opera dentro del marco presupuestario. Las desviaciones e incumplimientos deben detectarse con prontitud y corregirse. La excelencia en la ejecutoria debe reconocerse y premiarse.

Nada de lo antes expuesto se hace en realidad en la gestión pública. En Puerto Rico, los gobiernos operan sobre una supuesta plataforma política del partido vencedor en el proceso electoral. La misma es un enjambre incoherente de promesas populistas vanas, que tampoco se observarán realmente en la práctica. El presupuesto nadie lo respeta y se gasta improvisadamente. El amiguismo, el nepotismo y la afiliación política son los factores decisivos en la contratación de personal y en la adquisición de suministros.

Las metas, si de alguna manera y en algún momento llegaran a articularse en la mente de alguien, jamás se trasmitirán con efectividad y nunca llegarán a ser metas propias del empleado público. Pues, este empleado tampoco estará motivado debidamente. Por el contrario, la motivación propia que alguno de ellos pudiera tener cuando incursionó en el servicio público, prontamente se le pulverizará. La supervisión y el control es inexistente o inefectivo. Las fallas se atienden cuando degeneran en una crisis mayor que captura la atención pública. A esa crisis no se le encontrará solución definitiva, porque pronto habrá explotado otra nueva crisis que acaparará el escenario público. Los responsables de estas fallas o incumplimientos no serán reprendidos y mucho menos, excluidos del servicio público. Aquel empleado que por respeto a sí mismo se ocupe de cumplir con sus responsabilidades, no solo no será debidamente recompensado, sino que será disuadido e incluso intimidado, para que no desluzca a sus compañeros.

Como resultado de este catálogo de disfuncionalidades y desatención a los principios gerenciales básicos, es que nuestro gobierno sencillamente no funciona. No hay que buscar más explicaciones. Si las cosas se hacen mal desde el principio, mal también terminarán. Es una lástima que, con tanto talento, hayamos optado y resignado a hacer las cosas mal de principio a fin.

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