Félix Jiménez

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Por Félix Jiménez
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El mundo no sabe escuchar

Todos somos iguales aunque lo neguemos. Todos. La ecuación de la seguridad y el temor inunda nuestras vidas. Seguridad por lo sabido. Temor por asegurarnos de que lo que suponemos saber es la verdad.

Pero en los días intensos de la incertidumbre —estos— soltamos las amarras y nos aferramos tan claramente a lo sabido que perdemos la posibilidad siempre presente de equivocarnos. Y esa posibilidad puede ser salvadora. Haber construido toda una versión de la vida y de la realidad sin tomar en cuenta ese error posible, esa equivocación del alma que nunca logró convencernos y se fue alejando con sus verdades que nunca creímos.

Solo resta escuchar. Escuchar antes de que el convencimiento de que eso que negamos sea la solución, el ritmo adecuado aunque penoso, el malabar correcto, la tristeza que se ofrece y se deja a un lado, no porque no nos convence sino porque ya nos convencimos de que así no era, de que la inmensidad de los asuntos de la vida la tenemos cubierta con lo que sabemos, que es poco y no siempre estudiado ni corroborado ni cierto.

Escuchar no está de moda. Preguntar sí, siempre. Y siempre con la respuesta que queremos en la mente, como si la voz del que se escucha tuviera que soltar apresuradamente eso que queremos, decirnos que sí, y constatar que la angustia no llegará y las carencias no se producirán y todo será igual a lo que queremos.

Hace tiempo que no escucho a alguien escuchando, realmente constatando, estudiando sus errores, dudando con fuerza, aclarando con convicción. Hace un largo tiempo que todos nos movemos al ritmo del convencimiento, y quizás así tiene y tendrá que ser porque si no el peso de las dudas hasta que ese tenue, frágil paz que todavía sentimos posible está en el aire, no nos deja decir que ya nos sentimos hundidos y un poco cansados de no saber cuándo, en qué momento, a nosotros también nos van a escuchar.

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