Juan Antonio Ramos

Lo que tengo que decir

Por Juan Antonio Ramos
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El muñeco de nieve

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Cuando el hombre despegó los labios de la boquilla, abrí los ojos a la vida y por poco me muero de la sofocación. Sentí un calentón del demonio que me quemaba la cara y me impedía respirar. La mujer que me contemplaba arrobada le comentó al hombre que me había inflado: “Abelardo, ¿no te parece bella esta blanca navidad?”. Su marido gruñó: “Tú estás loca, Idalia”, y entró a la casa.

Todo lo que me rodeaba me parecía desagradable en aquella extraña Navidad. Tendría que soportar el calor pegajoso que no se iba, y el desprecio de un vecindario hostil. No pocos conductores, al verme, reducían la velocidad de su vehículo, negaban con la cabeza y aceleraban. Algunos vecinos se me acercaban llenos de curiosidad. Luego de examinarme, se alejaban entre risitas y murmullos. Los chamaquitos, en su mayoría, me daban patadas y me escribían cosas en la piel. Los perros hacían fila para orinarme.

Las noches eran de espanto. Uno que otro Santa Claus, un venado aquí, un duendecillo allá, pero los trineos, las chimeneas y los muñecos de nieve brillaban por su ausencia. Eso sí, había bombillas de todos los tamaños, estilos y colores en las paredes de las casas, en las rejas de los balcones, en el borde de los techos, en los troncos de los árboles, en las plantas del jardín...

De todos los motivos navideños que vi, el que más llamó mi atención fue el que habían colocado frente a la casa de Peyo Mercé, un individuo de muy mala pinta. Se trataba de un pesebre en el cual una mujer arrullaba a un bebé que yacía entre las pajas. Reyes, pastores y animales rodeaban al recién nacido.

Cuando todos dormíamos irrumpían los amigotes de Peyo Mercé con sus instrumentos musicales y sus canciones chabacanas. El dueño de la casa daba la bienvenida a los revoltosos, y el festejo duraba hasta que salía el sol. Estos “asaltos navideños” era una costumbre muy arraigada en esta gente loca y ningún vecino protestaba.

Una noche se presentaron otros parranderos. Éstos, en lugar de llevar instru-mentos musicales, portaban armas largas y cubrían sus cabezas con una boina. En vez de cantar canciones alegres bramaban amenazas. Tomaron por asalto la casa de Peyo Mercé y tumbaron la puerta a patadas. Sacaron esposado a Peyo y lo metieron en un carro patrulla que arrancó a toda velocidad. Silvina, la mujer de Peyo Mercé, les gritaba “brones” (o algo así) a los parranderos violentos. Ese incidente puso fin a aquella navidad.

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Cuando Abelardo despegó los labios de la boquilla, volví a abrir los ojos a la vida, después de tantos años, y por poco me muero de la alegría. Mis ojos no podían dar crédito a lo que veían: muñecos de nieve y Santa Claus por dondequiera, chimeneas, trineos, venados, osos polares, pingüinos, duendes, guirnaldas y el saludo de “Merry Christmas” en el umbral de las puertas.

Pasé años largos desinflado, metido en una bolsa de adornos navideños. Idalia me había rescatado del olvido contraviniendo la voluntad de su repugnante marido. Se ocupó de borrar todas las suciedades que me habían escrito los niños traviesos. Me daba una segunda oportunidad en aquel nuevo vecindario, donde reinaba la paz de los sepulcros. Los niños y los perros no armaban ningún tipo de alboroto. La tranquilidad de las noches no se alteraba con parrandas baratas o festejos improvisados. En aquel lugar paradisiaco ni siquiera el clima endemoniado de la isla me molestaba.

Toda aquella magia se esfumó la tarde en que el vecino conocido por el apodo de “El Josco”, montó un espectacular “nacimiento” frente a su casa. Fue como echarme un balde de agua fría. Allí estaba el recién nacido, su madre, los Reyes, los pastores, el asno, la mula, el buey y no sé cuántos animales más. La ansiedad se apoderó de mí. Tenía los nervios crispados día y noche porque temía que en cualquier momento pudieran aparecer los “brones” a imponer su fuerza.

Aquella noche no se presentaron los parranderos de las armas largas sino los familiares de “El Josco” para despedir el año. En el vecindario se escuchó un poco de música y algunas carcajadas. En cambio, en la casa del pesebre festejaban a todo dar y los invitados salían a la calle a reventar ristras de petardos y toda clase de pirotecnia. A las doce de la noche, “El Josco” salió tambaleándose de borracho, y comenzó a disparar tiros al aire con el revólver que empuñaba. Una de esas balas perdidas perforó mi piel y comencé a desinflarme.

Al otro día Idalia puso un parcho en mi herida y sacó fuerzas para inflarme. El imbécil de su marido no quiso mover un solo dedo por mí. Yo estaba convencido de que aquellos pesebres emanaban un tufo diabólico que se diseminaba por todas partes. Los que amábamos el verdadero espíritu de la navidad teníamos que actuar pronto. Por eso empecé a rezar para que los “brones” de las boinas y los rifles borraran del mapa a “El Josco”, y le pegaran fuego al maldito pesebre.

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