Silverio Pérez

Tribuna Invitada

Por Silverio Pérez
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El nacimiento del trumputismo

Si creía que gracias al fin de la Guerra Fría nos habíamos librado ya de aquella división que se creó en el mundo entre el comunismo y el capitalismo, temo decirle que nos encaminamos a algo peor: al trumputismo. Los “ismos”, que a mi entender son construcciones del ego, nos han dividido a través de los tiempos. Ya sean religiones; cristianismo, judaísmo, islamismo, hinduismo, o ideologías; socialismo, anarquismo, capitalismo, comunismo, neoliberalismo, el resultado del ismo es el mismo: la división entre los que creen a pie juntillas en uno o el otro.

Ni el doctor Frankenstein en sus más descabellados sueños lo hubiese podido hacer mejor: meter al presidente de la nación que representó el capitalismo en esa Guerra Fría, con su contraparte, el presidente de la nación que representó el comunismo, en un experimento de laboratorio y, pum, que salieran con una filosofía unificada: el trumputismo.

Putin quiere a Trump y Trump quiere a Putin, de eso ya no nos cabe la menor duda. Se dice que uno suele admirar a aquellos que tienen lo que uno desearía tener. Tal vez por eso, Trump admira ese poder incuestionable que ostenta Putin, y daría cualquier cosa por tener una sola prensa, la oficial, donde, por ejemplo, no le lleven el conteo de falsedades que según The Washington Post sumaron 3,001 en los primeros 466 días. Delante de los periodistas que el 12 de junio cubrieron el histórico encuentro en Singapur, que parecía ponerle el broche de oro a la Guerra fría, a Trump se le zafó decir lo chévere que le parecía que “todo el mundo te salude militarmente y con tanto respeto”, como observaba en el caso de Kim Jon-un. Solo a los programas nocturnos de comedia y entrevistas les llamó la atención esa expresión de Trump, como la de un niño que ve un juguete en televisión y enseguida expresa el deseo de tenerlo.

Por otro lado, a Putin le encantaría tener ese caché de presidir la nación más poderosa y rica del mundo que tiene Trump. A ambos les une, entre otras cosas, el amor por la pos verdad. Cuando hablamos de la pos verdad no nos referimos a la mera sucesión temporal como en el caso de la pos guerra, según nos dice el Diccionario Oxford. Un artículo de la revista Muy Interesante, en su edición de julio, establece que la pos verdad se refiere a un contexto político y social en el que a nadie le importa ya si algo es cierto o falso. El paraíso de los prejuicios.

Pero hay otro ismo que une el trumputismo: el narcisismo aderezado con la megalomanía. Putin gusta de que le tomen fotos haciendo deportes y en trusa de baño. Trump se ha referido a sí mismo como un genio estable. Sin embargo, al entorno de ese genio estable se la ha observado recientemente bastante inestable, ya no solo por la forma errática de actuar y decir de Trump en la rueda de prensa posterior a la cumbre en Helsinki, sino por la sorpresiva invitación a Putin a que venga a Washington sin aparentementeconsultarlo con el Director de Inteligencia Nacional, Daniel Coats. Esta reunión consolidaría el trumputismo, lo cual preocupa seriamente a muchos, incluyendo parte del liderato republicano.

En Puerto Rico, tradicionalmente los ismos de derecha, izquierda y centro, influenciados en mayor o menor grado por el mayor de los ismos, el colonialismo, han abrazado la teología de la pos verdad: si mi ismo lo dice, es verdad, aunque los datos demuestren todo lo contrario. Cabe preguntar si con la consolidación del trumputismo sigue siendo una verdad incuestionable aquello de la unión permanente con los Estados Unidos que el liderato de los dos partidos que han ostentado el poder en el país siempre ha proclamado.

En medio de la mayor crisis económica, política y social que haya vivido el país en décadas, aferrarse a la única y exclusiva verdad que dicta tu ismo es el camino a la destrucción. Solo el pensamiento crítico, el cuestionarnos hasta nuestros propios paradigmas, producirá un espacio de entendimiento que nos haga avanzar, a nivel país y a nivel global.

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