Juan Zaragoza

Tribuna Invitada

Por Juan Zaragoza
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El negocio de la evasión contributiva

“Evitar impuestos es el único esfuerzo intelectual que tiene una recompensa” (John Maynard Keynes, Economista)

La mejor herramienta para atacar la evasión a largo plazo es convencer al evasor de que esa práctica es un mal negocio; uno donde los costos económicos, morales y sociales exceden los beneficios.

Para atacar la evasión hay que entender que esta no es otra cosa que una modalidad de comportamiento humano.  Como tal, está gobernada por los riesgos y recompensas existentes en localidad donde reside y tributa el contribuyente. 

Desde el punto de vista de los costos, la evasión contributiva, tiene dos componentes principales, el costo económico y el costo social-moral. El costo económico es la prima que el estado le cobra al evasor por no haber cumplido con su responsabilidad de forma precisa y a tiempo. En casos extremos (como históricamente ha sido en Puerto Rico), el evasor no absorbe ningún costo, sino que se le paga un “bono” en forma de concesiones, amnistías, y tratos preferenciales.  Un factor adicional que todo buen evasor incorpora a su ecuación de riesgo, es la probabilidad de ser atrapado; mientras más baja, más propenso es a evadir. 

Desde el punto de vista social, el costo solo existe si se vive en una sociedad donde se repudia al evasor. Este juicio social varía desde aquellos países donde al evasor se le ve como un héroe y se le condecora con la medalla a la gansería, y el otro extremo donde al evasor se le ve como un ladrón de fondos públicos. Es decir, un simple delincuente.

El tercer y último factor de la ecuación personal de riesgo, es el costo moral.  Este factor, el cual está en extinción, se compone del cargo de conciencia, si alguna, que el evasor siente por no comportarse a la altura moral que en algún momento se le inculcó.  Cuando no hay un costo económico ni social y es buen negocio evadir, lo único que puede detener que esa persona evada es su convicción moral.

El hábitat perfecto para el evasor es uno donde la probabilidad de capturarlo y la prima a pagar son bajas, socialmente no se le reprocha nada y el remordimiento brilla por su ausencia.

En Puerto Rico, el riesgo económico de la evasión es negativo.

Históricamente, excepto en unos periodos muy puntuales, para el evasor siempre ha sido buen negocio evadir.  Hacienda ha disfrazado su “bono” al evasor bajo diferentes teorías, tales como: “Somos facilitadores no fiscalizadores”; “We are Open for Business”; “Aquí te escuchamos y te ayudamos” y hasta “Aquí todo es negociable” . Esa política junto con el Moscosianismo con esteroides, bajo el cual se justifica que se robe si se crean empleos (planteamiento común de Abogados y CPAs para atacar los operativos del IVU), ha creado un “bono” para el evasor.  Es decir, tras de que es poco probable que se le audite, en 99.9% de las veces el evasor acaba pagando menos de lo que hubiese pagado si lo hubiese hecho correctamente y a tiempo.

Desde el punto de vista de reprobación social, en la Isla hay de los dos bandos.  Unos donde se les ve como héroes y otros donde se les repudia como corruptos.  La dimensión moral está tan desgastada en tantas dimensiones, que su presencia en este tipo de dilema personal es más un milagro que otra cosa.

Por todo esto, cada vez que Hacienda reanuda su guerra contra la evasión, es necesario hacerle claro al evasor que no habrá concesiones ni acomodos que conviertan su delito en un negocio redondo.  De ser así, lejos de eliminar el comportamiento indeseable del contribuyente, lo perpetuará aún más.

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