Eduardo Villanueva

Tribuna Invitada

Por Eduardo Villanueva
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El niño Ismaelito

Trató de irse Ismaelito. Sintió que había cumplido y pensó que ya no era necesario, que los discípulos que entrenó podían seguir su obra. Se supone que los buenos maestros aspiren a eso y que planifiquen para perpetuar sus enseñanzas en aquellos que lo aceptan como mentor.

Conocí a Ismaelito en el año 1997. Juan (Tato) Ramos, mi amigo-hermano, me lo presentó cuando yo estaba en campaña para presidir el Colegio de Abogados de Puerto Rico. Supe que sería una amistad para siempre porque lo dictaban las coincidencias en valores, la constancia sobre visiones, muchas veces diversas y expresadas con un respeto profundo a la misma diferencia, sabiendo que era bien pensada y bien intencionada. Ismael decía que él no era de leer libros pero yo sabía que era sabio. Como son los sabios de verdad porque aprendía con la intuición. Memorizaba con la observación y escuchaba más que lo que aparentaba. Hacia su examen al interlocutor, cucándolo con sarcasmo. Con ingenio, con ironía casi infantil, a ver si estaba seguro o si perdía la tabla. Pienso que no respetaba mucho al saltibanki, al que figuraba que pensaba como Ismaelito para ganárselo. Te daba confianza, como la da el jibaro, dando cabuya a ver hasta dónde llegas.

Luego de su examen, si aprobabas, la entrega era para siempre y podías contar con él hasta para gestiones en las cuales el difería o que había gestionado por años. Así es la gente segura y auténtica, Ismaelito era un  modelo en eso.

Puedo dar varios ejemplos pero recuerdo uno con cariño y prueba lo que afirmo sobre su respeto y tolerancia al criterio ajeno. Ismael sabía que yo me oponía a que los fotoperiodistas cubrieran juicios penales por mi criterio sobre cómo; en el balance de intereses, se afectaba más los derechos del acusado que lo que podía ser una necesidad, proteger el derecho del pueblo a estar informado. Me había oído en un seminario que organizó el entonces Juez Presidente del Tribunal Supremo, Federico Hernández Denton y conocía mi criterio y la pasión con que lo argumentaba. Años después, Ismaelito organizó en el Taller de Fotoperiodismo,  un conversatorio sobre el tema de la publicidad en casos penales y el examen del canon judicial que lo prohibía. Me invitó de oyente. Todos los que estaban anunciados a exponer apoyaban la posición de Ismaelito.

Había dos jueces del Supremo en calidad de invitados, entre ellos, uno que había criticado públicamente, según él, “el nefasto canon”. Ismaelito me miraba desde el podio y sabía que yo estaba en desacuerdo con lo que argumentaban para enmendar el canon. Yo no quería intervenir con preguntas para no ser inoportuno o dañar el clima de aparente consenso que había allí. Para mi sorpresa, Ismaelito me invita a subir al estrado para que expusiera mi criterio. Accedí y ofrecí datos sobre determinaciones de causa, convicciones estadísticamente mayoritarias y cómo el proceso penal ya era suficientemente adverso a los imputados como para hacerlo más oneroso con la publicidad que pudiera ser excesiva. Ismaelito me admitió luego que él miraba la cara de los asistentes mientras yo exponía y que pensó: Se jod… el foro, Tuto (como me decía), me los viró. Sin embargo, nunca me interrumpió ni me limitó el tiempo. Así era en el respeto al amigo y al criterio ajeno, aunque a veces gritara para retar o imponer su respeto.

En la lucha por excarcelar a Oscar López siempre nos apoyó prestando el taller para foros o encuentros cuantas veces lo necesitamos. Sus empleados lo querían como a un padre y Tato Ramos y él jugaban  a darse puñaladas hirientes que luego acababan en gestiones de complicidad en metas comunes. Por eso dije al inicio: trató de irse Ismael pero queda su ejemplo de bondad, de servicio y generosidad para el que necesite. Nunca será la muerte suya, como decía Borges: “El Olvido que seremos”.

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