Orlando Parga

Punto de vista

Por Orlando Parga
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El novelón de fantasmeo legislativo

¿Cuántas vidas, carreras, reputaciones, tragedias, les requerirá convencerse de que eso no se hace?  Como clásica novela mexicana de nunca acabar, cuatrienio tras cuatrienio, el Capitolio ha visto escándalos por empleos y contratos que se otorgan a premio o compensación de labores políticas o favores personales ajenos al fin legislativo del dinero público presupuestado.  “El racket del Capitolio” – libro escrito por el senador Epifanio Fiz Jiménez – destapó en 1944 modalidades de prevaricación legislativa que desde entonces mantiene ocupados auditores, investigadores y fiscales, del Contralor y de Justicia territorial y federal.  Década tras década se han visto de todos los partidos y colores; de pasados cuatrienios aún quedan detalles por esclarecer sobre cuadros telefónicos y auspicios empresariales.  Así llegamos a la admisión de culpabilidad del director de la Oficina de Asuntos Gubernamentales del Senado, que con poder delegado otorgó contratos y aprobó pagos por servicios no prestados o falseados; y al cúmulo de contratos investigados por este periódico en la Cámara de Representantes que, cuando menos, sugiere favoritismo indebido con fondos públicos a un reducido grupo de seres privilegiados.

Sería iluso pedir a los legisladores que empleen o contraten recurso humano desligado al proselitismo político-partidista.  De todas ideologías o afiliaciones, el Capitolio tiene nutrido personal de probada capacidad profesional que ha servido con excelencia bajo distintas administraciones.  Lo que se reclama como deber ministerial ineludible del liderato legislativo administrador, es que la persona o empresa contratada, cumpla cabalmente su compromiso.  Gánese $100, $80 o $50 la hora, ¡Que las trabaje!  Que, a la hora de firmar la nómina para cobrar la quincena, ¡sea por tarea legislativa cumplida!  Que lo declarado en su factura, ¡corresponda a la verdad!  Hay tanto trabajo tan interesante por hacer en el ámbito legislativo; es tan magno caminar los pasillos del Capitolio con oportunidad para dejar una huella y hacerse útil a la sociedad que, tan inmoral e ilegal como es, más despreciable resulta malemplear el privilegio.

Las aspiraciones de alcanzar un escaño legislativo y retenerlo, de usarlo como peldaño de ascenso futuro que estén comprometidas a recompensa de influencia, privilegio y presupuesto público, probado está en la historia, son invitaciones al desastre, escándalo, desprestigio y la cárcel.  En esa historia habida y que esté por escribir, triunfan y prevalecen los que trabajen y produzcan con entrega honesta a sus ideales.

Este año hubo una sacudida estremecedora.  Por primera vez en nuestra democracia un gobernador tuvo que renunciar su mandato.  El segundo poder constitucional legislativo no se da por enterado y algunos moradores del Capitolio optan desafiar los remezones del Atlántico.  No se enteran de que este novelón no aguanta otro capítulo.

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