Silverio Pérez

Punto de vista

Por Silverio Pérez
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El Nuevo Día 50 años: décimas de oro

En décimas, que es mi estilo

poético de versar,

quisiera sintetizar

la historia que aquí compilo.

No quiero perder el hilo;

para mí es de gran valía.

Una familia y la mía,

guardan cierta relación

en esta celebración:

“cincuenta de El Nuevo Día”.


Sé que Nemesio Canales,

literato y humorista,

está en la exclusiva lista

de aquellos intelectuales

que en los tiempos iniciales

de El Día estuvo presente.

Porque ese humor es mi fuente,

a esa etapa inicial fui,

sin que se diluya así

este relato en mi mente.


De allá la historia da un brinco

porque ahora contaré

cuando don Luis A. Ferré

compró en el cuarenta y cinco,

el diario, y con mucho ahínco,

se convirtió en su mentor.

Le puso un nuevo motor.

Y este periodo lo abrocho

cuando en el sesenta y ocho

fue electo gobernador.


Me reinserto en el relato,

pues cuando yo era estudiante,

fui un verano practicante,

y guardo un recuerdo grato.

Pero importante es el dato

que fue en una cementera,

en Cataño, y don Luis era,

de esa empresa el presidente.

Así un buen día, y de frente,

me habló de forma sincera.


¿Quiere usted ser ingeniero?

Con firmeza preguntó.

Y ese, mi sueño, encomió

con interés verdadero.

Añadir un dato quiero:

Mi papá seguía la pista

de don Luis, no por pianista,

sino por otras cuestiones.

Al ganar las elecciones,

celebró: ¡era estadista!


De ingeniero obtuve el grado

en el mil nueve setenta.

Sé lo que se experimenta

cuando un sueño se ha logrado.

Don Luis había renunciado

a la empresa editorial,

pues la gubernamental

gestión así lo exigía.

Regreso ahora al Nuevo Día

y su dorado historial.


Don Antonio Luis Ferré

lo compra con mucho afán,

y de Ponce hasta San Juan,

muda el diario —y me fijé

que una coincidencia fue—

en el mil nueve setenta.

Época que condimenta

la sátira con el son;

la lucha y la represión.

¡Qué década más cruenta!


Fue El Nuevo Día referencia

obligada en mi quehacer,

en mi urgencia de aprender

y en mi toma de consciencia.

Mi política creencia

me hacía un crítico lector.

Mas fue allí que el buen humor

de un escritor pude ver:

¡Manuel Méndez Ballester!

Lo adopté como mentor.


De lleno en televisión,

los ochenta y los noventa

me atrapan sin darme cuenta.

Fue un cambio de profesión.

Ahí tuve la ocasión,

además de entrevistar

a don Luis, de observar

que sus nietos asumieron

control del diario, y quisieron

un nuevo rumbo fraguar.


Fue Albi Ferré Rangel

quien en el dos mil me habló

de ser columnista y yo

acepté la oferta de él.

Desde entonces el papel

de escritor aquí he ejercido.

Un gran reto siempre ha sido

pues la línea editorial

no es afín al ideal

al que estoy comprometido.


Pero al sumar coincidencias,

y la oportunidad

de sostener mi verdad,

se compensan diferencias.

Las terribles experiencias

que nuestro pueblo ha pasado,

nos colocan a su lado,

el lado de la justicia,

combatiendo la impericia

con la que se ha gobernado.


El Puerto Rico de hoy,

no es el de los setenta.

A un nuevo reto se enfrenta,

y con mi país estoy.

Veinte años cumpliendo

voy de criticar al que abate

nuestra gente, y al que acate

cualquier agenda macabra.

Siempre usando la palabra

como mi arma de combate.


Le deseo a El Nuevo Día

en su aniversario de oro,

que este oficio que atesoro,

le sirva a la patria mía.

Aquí hay gente de valía

cuyo quehacer dignifico.

Y como a soñar no abdico,

apoyo el que celebremos,

pero que unidos luchemos

por un mejor Puerto Rico.

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