Pedro Reina Pérez

Punto de vista

Por Pedro Reina Pérez
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El Nuevo Día 50 años: una educación accesible

Acudo a esta invitación de rememorar sobre los pasados cincuenta años, a propósito del cincuentenario de El Nuevo Día, con la cabeza llena de emociones porque la historia sin poesía es mera información. Y yo, en tanto historiador debo elucidar con el mayor rigor desde dónde miro estas cinco décadas, y que implicación tienen en mi vida.

Soy un lector apasionado del periodismo desde niño y por ello el homenaje se lo debo a mis abuelos Pedro y Ana, Marcelina y Domingo. Cuatro personas humildes que nunca fueron a la universidad pero que cultivaron una profunda curiosidad por el mundo y el país que les tocó vivir, a través de la lectura del periódico.

Para estas cuatro personas que amé tanto, leer diariamente la prensa era un placer al que dedicaban un momento particular del día. Ese fue el ejemplo que vi, y el que emulé desde niño.

Baste decir que todavía hoy, entre otras cosas, escudriño esquelas, recorto alguna receta de cocina y ojeo entretenido una que otra noticia hípica. Para mis abuelas y abuelos, leer el periódico fue una profunda y duradera educación que ayudaron a trasladarme —la que no obtuvieron en un aula, pero sí a través de esa práctica sencilla y cotidiana.

Fui porteador del periódico El Nuevo Día por breve tiempo en Santurce a finales de los setenta, pero fracasé en la empresa por no atinar a lanzar con éxito los periódicos a ciertos balcones empinados, como lo hiciera con suprema puntería mi predecesor. Humillado, me resigné a leerlo y comencé a establecer una relación vicaria con algunas de las plumas que firmaban sus escritos: Ismael Fernández, José Lebrón Velázquez, José Luis Díaz de Villegas, Carmen Dolores Hernández y sobre todo, Juan Manuel García Passalacqua —quien terminaría siendo, en un giro inesperado, mi profesor y amigo.

Eran los años de Carlos Castañeda, quien convirtió al periódico, a punta de pura astucia, en un protagonista de la discusión diaria. Con sus emplanajes a color y sus fotografías, el periódico emulaba la estética de la televisión que era el medio preferido del público lector. Sus reporteros agregaban ingredientes invaluables y el periódico terminaba insertado en la vida política de la isla, como debía ser. Particularmente cuando la política es todo aquello que hacen los ciudadanos —porque lo otro resulta ser mero partidismo.

No quiere decir esto que comulgara yo con cada línea editorial o con cada cobertura. Tuve y tengo diferencias con ellas y las he planteado en estas páginas, pero valoro la aportación del periódico a la democracia puertorriqueña, siendo la nuestra una particularmente afligida por la rapacidad, la mendacidad y la corrupción. La prensa tiene que animar la controversia para que cada uno delibere oportunamente. Corresponderá el juicio ponderado a los y las historiadoras de este tiempo, quienes harán la valoración que en rigor corresponda.

Yo valoro y agradezco la oportunidad que me diera en 2003 Luis Alberto Ferré Rangel de formar parte de esta larga conversación sobre nuestra vida, como columnista. Igualmente, reconozco el consejo diestro de pasados editores como Mario Alegre Barrios y Francisco Vacas, a quienes distingo con afecto. Igualmente al querido Jorge Cabezas con quien edité “La Gran Historia Ilustrada de Puerto Rico”. Así conocí el poder de la pluma, como suele recordarme mi querida Rosiña Guzmán.

Llevo 17 años firmando escritos en este periódico y no me llamo a engaño sobre la complejidad de los tiempos que enfrentamos. Si emigrar a la Florida fue una práctica común para escapar de nuestros males isleños, la pandemia nos aterrizó ante la certeza de que no queda rincón alguno donde esconderse. O apechamos los problemas o no quedará un lugar sostenible para vivir. Nunca habíamos estado en manos de gobernantes tan mediocres, pero tampoco habíamos tenido y articulado tanta frustración.

El verano pasado fue un atisbo de lo que se consigue cuando se pone la intención ciudadana en la calle. Habrá que ser cautos en extremo para protegernos del COVID-19 pero habrá que dar forma constructiva a la indignación, máxime siendo este un año eleccionario. El cambio responsable de gobierno y la demanda de rendición de cuentas a los servidores públicos serán imperativos para darle la vuelta a este desafío tenaz. En estas páginas quedará un registro meritorio, al que podremos siempre regresar para conocer y recordar.

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