Jorge Colberg Toro

Punto de vista

Por Jorge Colberg Toro
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El Nuevo Día: legado y retos

Esta semana, El Nuevo Día cumple cinco décadas. Si bien nos unimos a su merecida celebración, la ocasión es oportuna para contar algunas anécdotas y también, para echar una mirada justa y equilibrada a lo que han representado los medios de comunicación ante la sociedad puertorriqueña.

Mi primer “contacto” con El Nuevo Día fue temprano en mi juventud. Era el 1979 y al cumplir mis 14 años, trabajé por dos años como porteador del periódico. Lo repartía todos los días, religiosamente, en mi vecindario en la Residencia de Profesores de la UPR.  

Comencé entregando el periódico a pie, pero ante el aumento de suscripciones tuve que atemperarme con los tiempos, diseñando una canasta en mi bicicleta que no daba abasto. Por ello, tuve que ser más creativo y terminé repartiendo el periódico en un go-kart que me habían regalado en la Navidad. 

Si bien era eficiente, para mis vecinos era un enorme dolor de cabeza porque a nadie le gusta escuchar el ruidoso sonido del motor, todos los días, desde las cinco de la madrugada. Aun así, mi incursión en el mundo “laboral” fue todo un éxito, porque empecé con 35 suscripciones y entregué mi ruta con 148 clientes. Siempre valoro esa, mi primera experiencia de trabajo, por haber sido una vivencia que me enseñó responsabilidad y dedicación. 

Con el pasar de los años, al entrar en política como miembro de la juventud del Partido Popular Democrático, fui entrevistado varias veces en reportajes sobre la visión de los jóvenes hacia el gobierno.

También era parte del reducido grupo de personas que nos apostábamos por largas horas de madrugada, frente a los portones de El Nuevo Día, en espera de la famosa Encuesta cuyos resultados, en ocasiones, nos daban alegría y fuerzas; y en otras, tristeza y lágrimas.

Asimismo, recuerdo mi primera visita al periódico. Al culminar una mesa redonda de futuros líderes y saliendo de la Redacción - que estaba en el segundo piso - me encontré de frente con la puerta abierta de la oficina del presidente y editor don Antonio Luis Ferré, quien muy gentilmente me invitó a entrar y me preguntó: ¿tú eres el hijo de Severo, el látigo? A lo que contesté en la afirmativa.

Me dijo, “Severo es uno de nuestros principales columnistas y persona a quien respeto y aprecio mucho. Espero que si algún día decides entrar al servicio público, sepas que en este periódico encontrarás las paginas abiertas para que expreses tus ideas con absoluta libertad”. 

Nunca olvidaré esas palabras de don Antonio Luis, porque a lo largo de todos estos años, su compromiso se ha cumplido al pie de la letra.

Cuando entré de lleno el proceso político - como candidato, legislador, miembro de la Junta de Gobierno del PPD y secretario de asuntos públicos bajo dos gobernadores - mis interacciones con El Nuevo Día fueron incrementando con el pasar del tiempo.

Al principio de mi carrera como funcionario, confieso, se me hacía difícil entender por qué la mayoría de las veces, el enfoque de las noticias en los medios no son reseñas positivas o historias de logros, sino críticas y denuncias.

Me tomó tiempo entenderlo. El rol de la prensa no es complacer al gobierno ni mucho menos contar historias bonitas cuando hay necesidad y sufrimiento. Tampoco es su deber pintarnos una realidad inexistente, cuando hay desigualdad y pobreza. Sencillamente, no se ríe cuando hay dolor.

Y esa ha sido la trayectoria de El Nuevo Día en cinco décadas, ofreciendo un caudal de narrativas genuinas que nos demuestran, inequívocamente, que la prensa puertorriqueña, aunque imperfecta, es protectora indestructible de nuestra libertad. 

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