Angie Vázquez

Tribuna Invitada

Por Angie Vázquez
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El odio es un problema de salud pública

Amor y odio: dicen que son lados de una misma moneda aunque indiscutiblemente distintos. Fomentar el odio es impulsar el terrorismo. Promover el amor, en cambio, es retar la barbarie del odio. Bien decía Buda: “El odio no disminuye con el odio. El odio disminuye con el amor.”

Tristemente, vivimos tiempos desalentadores al amor promoviendo mensajes de exclusión y prejuicio que van creando una peligrosa y glorificada “cultura del odio”. Cuando la irracionalidad se generaliza o normaliza se desestabiliza toda relación humana sistematizando el miedo, la frustración y las injusticias. La propagación del odio se convierte así en un serio problema de salud pública.

El odio es reconocido desde tiempos antiguos. Corrompe y genera violencia. Con todos sus negativos, no hemos podido eliminar el rencor ni sus variantes del repertorio emocional humano. Sigue siendo uno de los peores sentimientos. Freud le describía como fuerza destructiva inconsciente, como demonio que enferma la mente del sujeto y los pueblos. Es posible que nunca pueda erradicarse pero siempre deberá ser controlado.

El sujeto que odia racionaliza correcto hacer daño a su objeto de odio y eso le da su carácter singular de peligrosidad. Somos tan buenos como malos, tan creativos como destructivos, tan sublimes como necios, pero cuando nos dejamos dominar por el odio la vida es sufrimiento y tragedia perdiendo sentido y valor.

En la filosofía, religión, política y psicología se han elaborado teorías y tratados sobre la psique humana que identifican motivos superiores positivos contrapuestos a los patológicos. Todos concluyen que debemos educar para el amor, no para el odio.

Quienes enseñan y promueven el discurso del odio cometen un delito moral tan imperdonable como cualquier crimen grave. La violencia sigue fortaleciéndose alrededor del mundo basada en odio xenofóbico o clasista alimentado de irracionalidades y otros negativos como la envidia y la mentira. El escritor Tennessee Williams dijo que el odio evidenciaba ausencia de inteligencia. Yo digo que, además de imbecilidad retrógrada, demuestra cobardía, insensibilidad, ignorancia e inmadurez.

El Papa Francisco exhortó a combatirlo: “Recordemos que el odio, la envidia y la soberbia ensucian la vida. Custodiar quiere decir entonces vigilar nuestros sentimientos, nuestro corazón, porque de ahí es que nacen las intenciones buenas y malas, las que construyen y las que destruyen. No debemos tener miedo de la bondad, más aun, ni siquiera de la ternura”. Todos tenemos la gran responsabilidad de batallar contra el odio. No debe apoderarse de nuestras vidas.

Que tengamos libertad de expresión no significa permiso social para promover el discurso del odio; eso no es democracia, si no barbarie involutiva e incivilizada. Si pudiéramos entender que tenemos una sola vida, un solo planeta, un tiempo limitado yun mismo destino tal vez entonces, y solo entonces, podríamos apreciar lo mucho bueno que tenemos para tratar de ser lo mejor que pudiéramos promoviendo el amor humanista. Pero sucede lo contrario.

Cada día nos encontramos con más gente burlona, amargada, vacía, rencorosa, vengativa, hipócrita, traidora, hostil o poco empática y tenemos que hacer más y más esfuerzos para educar al que quiera liberarse de la esclavitud del odio y la infelicidad que produce. En vida, el psicólogo humanista Abraham Maslow quiso probar que el ser humano era capaz de algo mejor que la guerra, el prejuicio y el odio. Concluyó que la auto-realización con amor era el mejor motivo psicológico. A eso debemos apostar para salvar y desarrollar la humanidad hacia mejor calidad de vida. La apuesta debe ser al progreso evolutivo ascendente y no al revés.

Si no podemos amar al “otro”, al menos debemos aprender a respetar. El incremento de crímenes de odio a nivel mundial indica baja tolerancia a la diversidad y mucha soberbia, o frustración, con lo propio. Hay que detener tanto odio. Hoy es un buen día para salir del marasmo de la indiferencia y actuar a favor de una cultura de respeto, mayor tolerancia y amor. Rechace el odio; ejercite amor. El cambio comienza por usted.

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