Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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Elogio del béisbol

Ya comenzada la temporada de béisbol de Grandes Ligas, el lugar que evoco es la librería “El lugar común”, en Caracas, barrio de Altamira, de frente a la plaza donde ocurrieron los peores disturbios antichavistas hace dos años. 

El diálogo al que fui invitado —nada extraño en una librería caraqueña— versaría sobre salsa, literatura y béisbol. Y justo fue allí que tuve la revelación: El béisbol nos habla, en última instancia, y de manera elocuente, sobre el fracaso; el béisbol es una metáfora de la vida. 

De cada diez turnos al bate si fracasas en siete, si bateas tres hits, eres un bateador de trescientos, ¡un gran bateador! 

Pero si bateas un “incogible” menos, es decir, para doscientos de promedio, eres un pelotero mediocre, destinado a las Ligas Menores y a viajar en guagua con sueldo de cajero de banco, en vez de como millonario, en jets, con espacios para las piernas y en primera clase.

Entonces hay algo más misterioso aún: El béisbol es un deporte en que la bola no la tiene la ofensiva, sino la defensa, que es como entregarle tu mejor esfuerzo al otro, al destino o a la suerte. 

A Francis Pisani, un novelista francés que llevé al Bithorn para explicarle algo del alma antillana, se le hacía difícil pensar que un bombo capturado a cuatrocientos pies del plato casi nunca valiera nada para la ofensiva. 

Hay muchos libros para que los niños aprendan a jugar el béisbol, pero lo mismo se puede decir de la vida, con sus innumerables manuales de instrucciones redactados por curas, gurús, siquiatras, imanes y fanáticos de Isil. 

Pero a la postre estás fatalmente solo en el montículo. Naciste solo y te morirás solo; otro siempre tiene la pelota de tu destino.

El estrellato puede resultar efímero: El cubano sepia Sandy Amorós, guardabosque izquierdo de los Dodgers de Brooklyn en la Serie Mundial de 1955, captura bellamente, casi sobre las gradas, con su mano derecha, un batazo de Yogi Berra. 

Gracias a esa jugada los Dodgers ganaron la Serie Mundial de 1955, su primer campeonato de Serie Mundial, la primera vez que le ganaban a los Yankees en el llamado “Clásico de Otoño”. Jamás volvió a tener un momento de gloria. 

Amorós terminaría exiliado en Madrid, vivió en la pobreza, ambas piernas amputadas a causa de la diabetes. Logró una de las mejores atrapadas de Serie Mundial, tan memorable como la de Willie Mays un año antes en batazo de Vic Wertz. 

Pepe Lucas bateó el 17 de febrero de 1951 el jonrón que le dio a los Cangrejeros de Santurce su primer campeonato en nuestra liga invernal. Aquel pelotero dominicano fue mediocre antes y después de ese jonrón, el notorio “Pepelucaso”. 

El destino beisbolero puede ser todavía más cruel: Mickey Owen, el dirigente de los Criollos de 1953, dejó caer un tercer strike para que los Dodgers de 1941 volvieran a perder ante los Yankees, uniéndose así, este receptor, al elenco de la vergüenzabeisbolera. 

Bill Buckner dejó pasar una roleta —¡le pusieron rabo!— en la Serie Mundial de 1986 para así entregarle el campeonato a los Mets de Nueva York.

 Los fanáticos de los Medias Rojas de Boston empiezan a perdonarlo. A pesar de haber sido un bateador de casi trescientos de promedio y un buen primera base, esa jugada bastó para que mereciera ir al Salón de la Infamia. Solo podemos recordar su fracaso. 

El dos de junio de 2010 el lanzador venezolano Armando Galarraga lanzaba un juego perfecto —juego sin incogibles, sin errores, nadie le había llegado a primera— cuando por error del umpire Jim Joyce un corredor le llega a primera base cuando no es decretado out. 

Aquí fue el árbitro quien se instaló en la Historia Universal de la Infamia y Galarraga volvióse un asterisco en el historial de los juegos perfectos, que suman solo 23 en más de cien años de historia de este deporte. 

A veces nos visita la desgracia, y también la tragedia. Steve Sax era un magnífico segunda base de los Dodgers que un buen día, por maleficio o bloqueo mental, ya fue incapaz de tirar la bola de segunda a primera base. Consecuentemente la botaba a las gradas. Nadie supo porqué. Era simplemente incapaz de hacer un tiro que había hecho siempre, desde que jugaba en las Pequeñas Ligas. 

Willie Mays Aikens —what’s in a name!—, que jugó con los Cangrejeros de Santurce y los Reales de Kansas City, quizás fue destruido por la ambición de su padre al nombrarlo con el nombre mágico del béisbol. Era imposible calzar la grandeza de aquel nombre. A los pocos años de probar efímero estrellato en grandes ligas se abandonó a la cocaína, sucumbió en la esclavitud del crack.

Hay un gran consuelo: Al final nos ponchan a todos, algunos tirándole a la bola, otros viéndola pasar, como Iván Ilych.

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