Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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El oso polar de Jayuya

Un sábado de octubre de 2014, Jayuya se vestía de fiesta para recibir al entonces gobernador, Alejandro García Padilla, quien, acompañado por su familia, fue a visitar el “invento” fraguado por el alcalde Jorge González Otero: un complejo recreativo compuesto, entre otras maravillas, de un anfiteatro, un auditorio y un salón de actividades. El gobernador y los suyos disfrutaron en especial del cine, uno de categoría 5D, lo que significa que además de la imagen en tercera dimensión, se perciben vientos, lloviznas, olores y balanceo de butacas.

No sé si el gobernador García Padilla, en un aparte con el primer ejecutivo de Jayuya —y mirando a su alrededor con la boca abierta— le preguntó cuánto había costado aquéllo. Por algún lugar, en aquel emporio, había un museo de animales en el que se alzaba la réplica de un oso polar. 

Este mes, a casi cinco años de aquel delirio, se ha dado a conocer un informe de la Oficina del Contralor, que recoge todos los “hallazgos” nebulosos con respecto a la magna obra: pagos en exceso, violaciones a los procedimientos administrativos, otorgamiento de contratos a individuos que mantenían gigantescas deudas con Hacienda, y un largo etcétera con el que pueden deleitarse leyendo el documento, publicado ayer por este diario.

Supongo que después de la tremenda inversión, realizada ya en plena crisis, cuando la deuda pública estaba alcanzando sus más altas cotas, ese asombroso espacio jayuyano haya recibido mantenimiento y esté impecable como el primer día. Lo digo porque muchas veces los alcaldes se dan a la tarea de erigir monumentos, beneficiando así a los contratistas —casi todos amigos o contribuyentes de su campaña— y resulta que pasado un poco de tiempo el edificio cae en desuso, o nunca llega a usarse. Hay infinidad de ejemplos a través de la Isla.

Hace alrededor de un año, el alcalde de Jayuya, este señor González Otero, declaró a Primera Hora estar “frustrado” y por lo tanto decidido a abandonar la poltrona municipal, después de más de una veintena de años ostentando el cargo.

“Estoy frustrado de verdad”, dijo solemnemente. “Esto es como empujar una pared en cemento”.

Bueno, pared en cemento la que él mismo levantó a un costo desatinado para un pueblo pobre. Encima, fue un proyecto carente de supervisión, teniendo en cuenta que se saltaron casi todos los requerimientos de ley y terminó costando mucho más de lo que se había presupuestado. 

El informe resalta que faltan puertas y butacas que fueron cobradas por los contratistas y nunca se instalaron. Hay una aseguradora metida en el pastel; un “canopy en policarbonato” (cualquier cosa que sea), que se fabricó a un costo de $75,000 y siete demandas pendientes de solución en los tribunales, no necesariamente relacionadas con el centro recreativo. Leí que son demandas por daños y perjuicios, que el alcalde atribuye mayormente a “caídas” sufridas por los parroquianos. No digo yo, la gente entra y se topa con el oso, y cae redonda al suelo. Y si se levanta, se vuelve a caer. Un oso polar.

Es posible que al anunciar su retiro el año pasado, González Otero ya se olfateara lo que le venía para encima con esta auditoría. El panorama no pinta bien para nuevos inventos, y con la Junta de Control Fiscal echando el ojo, menos que menos.

Importante señalar que aquel sábado de octubre de 2014 en que Jayuya se vistió de fiesta, el alcalde le confió a los periodistas que había sido en ocasión de una visita suya a Nueva York, al entrar en una tienda de juguetes, cuando “le vino la inspiración de hacer ese proyecto”. Y como tenía millones a su disposición, procedentes de asignaciones legislativas y fondos federales, en cuanto volvió a la Isla se afanó en lograrlo.

Debe anotarse este conmovedor detalle en el informe de la Contralora. 

No todo puede ser el frío recuento del dinero que se derrochó. Un rayito de humanidad, de vez en cuando, no le hace daño a nadie.

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