Hiram Sánchez Martínez

Punto de vista

Por Hiram Sánchez Martínez
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El otro virus

Con el otro virus nos pasa igual, con la diferencia de que ha estado por más tiempo entre nosotros y su prevalencia no parece responder a ningún tratamiento ensayado. Ahora que se nos vienen encima las cuatro paredes y hace que pasemos demasiado tiempo juntos, el otro virus ha vuelto a rondar y mostrar sus sacudidas peligrosas. Hablo del virus de la violencia doméstica, principalmente machista, y del maltrato infantil en el mismo seno familiar que generalmente la acompaña.

En estos días, los encargados de investigar e instar las denuncias en la Policía de Puerto Rico han dado la voz de alarma sobre el incremento sin par de estos casos, atribuido primordialmente al “aislamiento social” compulsorio o cuarentena, términos con los que se denomina la permanencia obligatoria de los seres humanos dentro de las cuatro paredes de sus hogares. Los que pueden librarse son pocos: básicamente el personal sanitario, el de seguridad, de despacho de gasolina, venta de alimentos y de los medios de comunicación social. Por eso es importante no olvidarnos de aquella mayoría.

Y es que el tal “aislamiento social” produce inevitablemente proximidad física del núcleo familiar; y la proximidad física, intolerancia; y la intolerancia, roces; y los roces, confrontaciones; y las confrontaciones, violencia física o mental. Y, no se sabe cuál es peor, si la violencia física o la mental. A veces me parece que estamos tan ofuscados con las medidas para frenar el contagio del COVID-19, que se nos olvidan las mujeres en desgracia, chocando continuamente con su pareja maltratadora en esos espacios cerrados, de día y de noche, por 14 días consecutivos, ahora duplicados a veintiocho, sin las herramientas adecuadas —y, digo “herramientas”, no armas— para lidiar con su desdicha. Si de por medio sumamos a los hijos, los que ni siquiera pueden salir a jugar a la calle para olvidarse un poco de los exabruptos y gritos a lo que están expuestos en la casa, tenemos una situación absolutamente indeseable en cualquier familia y en cualquier sociedad.

A la mujer que se juega la vida todos los días ante una pareja que no puede controlar su ira y que hace tiempo dejó de amarla, es necesario proveerle los mecanismos para que entienda y se atienda. Entienda que está en alto riesgo de perder la vida —no muy distinto del contagio por el COVID-19—, y atienda su situación de inmediato, recurriendo a los medios de auxilio que el Gobierno y algunas organizaciones privadas han diseñado para esta época de pandemia. El llamado que ha hecho la Policía de Puerto Rico a las mujeres en riesgo debe tomarse en serio. El incremento en el número de casos de violencia doméstica en estos días, si no tan despampanante como el incremento de casos del virus que ha viajado desde los confines de la tierra para presentarse como un invitado más a nuestros hogares, no debe resultar en que bajemos la guardia.

Y recuerden los familiares, vecinos y amigos de la mujer maltratada que la vigilancia de estas conductas virulentas es obligación moral de todos, particularmente en estos días en que las oportunidades de movilidad social se dificultan. No es bueno suponer que las cosas se arreglarán por sí solas. Las líneas de ayuda están para que no solo las víctimas, sino también aquellos que tengan alguna sensibilidad ante el problema, denuncien las situaciones que vengan a su conocimiento, para que el otro virus no se ensañe contra ellas, para que no las arrastren a la tabla de las estadísticas de víctimas fatales de la Policía.

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