Roberto Alejandro

Desde la diáspora

Por Roberto Alejandro
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El país agónico

Esta es nuestra paradoja: nos hundimos bajo el peso de nuestras palabras vacías. 

Puerto Rico se mece y estremece entre la gravedad de sus angustias y la transparencia de las soluciones. ¿Hay corrupción? Pues se necesitan personas de probada probidad. ¿Hay desempleo? Más fuentes de trabajo con buenos salarios son obvias respuestas. ¿Necesitamos capital? Es necesario buscar inversionistas. ¿Que los partidos de la parálisis caducaron y no han leído su fecha de expiración? La respuesta está en nuevos partidos.

Lo increíble es que, a pesar de tanta lucidez, el país lleva más de una década en un descenso donde cada escalón, oscuro y resbaladizo, es también un viaje en el tiempo. Hacia atrás. Hoy, jóvenes y mayores sufren a la deriva. Los primeros tienen menos oportunidades de trabajo y sosiego que la generación de hace tres décadas. Los segundos viven en lo incierto, con pensiones raquíticas y amenazadas. Ni las escuelas ni nuestro único tesoro nacional, la Universidad de Puerto Rico, gozan hoy de más solidez financiera e institucional que cuarenta años atrás. Y esto no empece el heroísmo de quienes las cultivan y sostienen. Que tengamos casos de tuberculosis es otro timbrazo que designa otra parada. Hacia atrás. 

Como consuelo de algunos, están los fondos federales. Esos han crecido, casi con desdeño, desde finales de los 1970s y, con la excepción de las becas educativas, no han creado un ápice de riqueza social. Su función social ha sido perversa: crear el espejismo de proyectos coloridos y condenados a yerbajos o a la inclemencia caribeña. Como la pista de hielo en Aguadilla. Los fondos federales apuntalan esa gran ironía: hasta la villa Potemkin de las “obras de gobierno” existe gracias al situado de Washington. Pura ornamentación para escudar la miseria hasta que María puso en vitrina los trapos del “chifforobi” colonial.

Tiempo hace que entramos en una dimensión extraña, eerie, uncanny.  Lo extraño estriba en que la lucidez, el sentido común de las soluciones, se desvanece en futilidades, en lo huero de juegos verbales. ¿Que necesitamos gente íntegra? Ciertamente.  ¿Y mucho capital? Como no, sería bienvenido. 

Las soluciones, tan convincentes en su generalidad, son inservibles.  ¿Qué pueden avanzar la probidad y el capital si las prioridades son estipuladas por los siete apocalípticos, los agoreros del capital financiero?

Y no es posible erradicar la corrupción desde dos partidos cuyas campañas necesitan donantes millonarios que luego pasarán factura.  Lo que urge es un desguace del marasmo de esta colonia empecatada, ya signado en el verano, y que se manifieste en crecimiento independentista.  

Hay cosas que se pueden hacer hoy mismo. A saber: la rama legislativa puede aprobar una resolución designando la educación y la UPR servicios esenciales, demandando que la Junta haga lo mismo en lugarde seguir violando la normativa legal, Promesa, que la rige.

La misma legislatura puede aprobar una resolución exigiendo la derogación del cabotaje imperial que encarece el costo del transporte marítimo y que ha sido un instrumento de humillación colonial por más de un siglo.

En ambos casos, no estamos ante ejercicios retóricos. En el primero, se confronta la Junta, se ensancha la base legal para retarla en los tribunales ante su negativa a definir dichos servicios, y se logran condiciones para proteger nuestra UPR. En el segundo, sería la primera vez en la historia puertorriqueña que una rama de gobierno rechace esa rémora infecta de 1917.

¿Por qué no se ha hecho esto? Nos hundimos bajo el peso de nuestras palabras vacías. 

Aquí colapsaron la colonia y las políticas de austeridad. La Junta no es proyecto ni de presente ni de futuro. Son una agencia de cobro y su único proyecto de “desarrollo” ha sido un mensaje ni siquiera solapado:  un vertedero.

Un avance electoral de una coalición progresista será un evento refrescante que estremecerá las estructuras políticas de la inmovilidad.  Un avance significativo del voto independentista logrará lo mismo y algo más: estremecerá a la metrópoli y, mucho antes de ello, será un terremoto que perturbará los miedos apozados en nuestra siquis colectiva.

Quiero pensar, sin certezas pero con confianza, que tal acontecimiento forzará una negociación para alguna salida de esta levitación comatosa donde coexisten difuntos congelados, votantes encamados, noches lúgubres y días radiantes. 


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