Emilio Pantojas García

Tribuna Invitada

Por Emilio Pantojas García
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El país hace rato colapsó

Sólo alguien que viva en las proverbiales “lunas de valencia”, o en estado de enajenación, diría que el país está “al borde del colapso”.

El principio del colapso puede precisarse con dos simples coordenadas: el anuncio de la recesión y el cierre del gobierno entre abril y junio de 2006. Esos dos eventos marcan el sonido sordo de las detonaciones que iniciaron la implosión de la economía y la política puertorriqueña. A diez años de estos eventos habitamos un país en ruinas, y los que hemos sobrevivido el colapso ocupamos bolsillos de oxígeno y espacios abandonados por los expulsados vía la emigración o el desplazamiento social.

La afirmación de que estamos “al borde del colapso” refleja la más abyecta ignorancia o el cinismo descarado de una clase política en bancarrota. Los que colocaron las cargas de explosivos (corrupción, deuda e incompetencia) y activaron el detonador que inició la implosión (abogando por la quiebra y promoviendo la Junta de Supervisión Fiscal), tienen hoy la desfachatez de enunciar semejante perogrullada.

Tanto los gobernantes anteriores como los actuales afirmaron, engañosamente, tener un plan: el IVU, la Ley 7, la Ley 66, el blindaje fiscal, el IVA. Los de ahora, que anunciaron tener un plan y “una hoja de ruta”, reclaman con la mirada extraviada de una amnesia fingida que no sabían lo que pasaba. Aquellos que anunciaron al Congreso de los Estados Unidos que “había dinero” para pagar, que la deuda no era un problema porque constituía apenas un 17 por ciento del presupuesto, que no habría que despedir gente, ahora nos dicen que el problema es grave y piden tiempo a la Junta para elaborar un plan. Las únicas inferencias posibles de estas nuevas posturas son que mintieron o que no hicieron un análisis serio de la situación.

Cabe, entonces, repetir lo que dije en 2014 en la introducción de mi libro Crónicas del Colapso: “Observar a Puerto Rico en los primeros años del siglo veintiuno es como presenciar la implosión de un edificio moderno cuya funcionalidad llegó a su fin. Pensar a Puerto Rico es como recordar el potencial de algún atleta que perdió su norte y ha visto tronchada su carrera. Hemos transitado de la casa pobre del Caribe (the poorhouse of the Caribbean)—como [nos] llamó el último gobernador norteamericano, Rexford G. Tugwell, a la vitrina de la democracia y el desarrollo, hasta llegar la periferia de la postmodernidad”. Nos hemos convertido en un país del “cuarto mundo” marginado de los circuitos de producción y consumo globales del capitalismo avanzado.

Para la kakistocracia gobernante y los empresarios y asesores aliados a ella el país sólo está “al borde del colapso”. No obstante, para los retirados cuyas pensiones no alcanzan para vivir; los jóvenes desempleados a los que se les ofrece un futuro con menores salarios y beneficios como condición de empleo; para los que tuvieron ytienen que irse a buscar empleos en Estados Unidos; los médico-indigentes, los que se las buscan chiripeando y vendiendo almuerzos a cinco pesos ($5) porque no hay más; el país hace rato colapsó.

Ahora, señores y señoras poderosos/as, es su turno, el techo y el piso de sus refugios se les caerán. Habrá que cerrar agencias y municipios, cancelar contratos y promesas, despedir empleados. Las quiebras de sus negocios continuarán y no podrán recuperar las pérdidas de sus bonos. Ya malversaron y malgastaron todo, no queda nada, ahora la Junta vendrá por ustedes.

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sábado, 30 de junio de 2018

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