Eduardo Lalo

Isla en su tinta

Por Eduardo Lalo
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El palacio de Pávlov

Llega ya la temporada en que los políticos apuestan por nuestra parálisis mental. En realidad, el asunto forma parte de una continuidad más que de un periodo excepcional. Probablemente, desde hace varias generaciones, la mayor parte de los electores del país son perros de Pávlov. Como en el célebre experimento del científico, solo basta que un candidato azul o rojo enuncie ciertos términos carentes de sentido, por estar desprovistos de sustancia (ELA, estadidad, desarrollo económico, “nuestra gente”, etc.), para que miles de buenos puertorriqueños comiencen a salivar.

En su experimento, Pávlov identificó un “agente neutral”. La formulación clásica de su investigación fue la siguiente: se tiene a varios perros de la misma edad y raza provistos de un aparato que puede medir su salivación. A diario, a una hora determinada, suena una campana y se les alimenta minutos después. Al principio, los perros salivan cuando llega la comida, pero pronto, uno tras otro, los animales comienzan a salivar antes de su llegada cuando escuchan la campana. El sonido de ésta se ha convertido en el “agente neutral”, en una suerte de “palabra” o símbolo (en este caso, en un sonido arbitrario) que para los canes significa “comida”. El agente es “neutral” por no poseer un significado intrínseco: si en lugar de una campana hubiera sonado un timbre o una sirena, el resultado hubiese sido el mismo. Esto explica por qué el concepto “casa” (o cualquier otro) tiene esos fonemas en español y otros completamente diferentes en otros idiomas (“house”, “maison”, etc.) Todos los sonidos son arbitrarios y solo son eficaces, es decir capaces de comunicar un concepto, cuando una comunidad los ha escuchado desde la infancia.

¿Qué es el ELA, la estadidad o la independencia, conceptos que escucharemos hasta el hastío en los próximos 12 meses? Gracias al experimento social y político del que por varias generaciones hemos sido parte sin saberlo y sin consentimiento, la realidad de estos términos rebasa la comprensión de la mayor parte de nosotros. Como la campana de Pávlov, estos “conceptos” se han convertido en “agentes neutrales” y arbitrarios que los puertorriqueños hemos escuchado desde niños y a partir de entonces, como los perros, hemos asociado con la comida.

El ELA no existió ni existe. Nadie, ningún país, ni siquiera Estados Unidos, reconoce lo que en la práctica es un simulacro o fantasma de opción política. En este sentido no es ni siquiera una “fórmula de estatus”, porque sus tres palabras contradictorias constituyen un “agente neutral” inadecuado y parcial, ya que sus términos nadie los entiende más allá de un territorio muy restricto. Sin embargo, el ELA como “agente neutral” provoca la salivación de miles de puertorriqueños. Su “agente neutral” se asocia con la modernización del país o con una bisabuela descalza, con un par de décadas de vacas gordas durante la Guerra Fría y con la represión cainita del independentismo.

La estadidad como “agente neutral” es un manjar tan antiguo que se ha vuelto rancio. Nada prácticamente tiene que ver con las 50 provincias que conforman a Estados Unidos. En el siglo 19, era común ser separatista a la vez que se escuchaba a la misma hora la campana de la “federación de repúblicas”, que solamente existía en las esperanzadas páginas de algunos constitucionalistas de literal e ingenua disposición. De un tiempo a esta parte, los experimentadores han hecho sonar esta campana con especial ahínco y la comida que promete y la salivación que provoca se ha convertido en un patético festín de náufrago: estadidad para los pobres, ayudas sociales ilimitadas, fondos para todo, cogida de zoquete del americano a perpetuidad. El “agente neutral” de la estadidad se ha convertido en un campanario de catedral y en menos de un cuatrienio ha habido Plan Tennessee, Comisión de la Igualdad, múltiples amenazas de referéndum y ahora se propone la transustanciación del “agente neutral” mismo con los comicios electorales del 2020, para ver si así se roba un bocado a los opositores.

El “agente neutral” de la estadidad es un todoterreno y posee un registro casi operático. Lo mismo se tiene a McClintock afirmando que los huracanes ayudan grandemente a su consecución, que a la comisionada residente asegurando agradecida que Trump ha sido bueno para el país. El descaro y la desfachatez de estos políticos solo es explicable por su hambre (de fondos federales). Sin embargo, el experimento clásico de Pávlov parece estar en entredicho en este caso, porque aun si la campana ha sonado regularmente por más de un siglo, nunca ha aparecido un plato de comida. Resulta un misterio para la ciencia la peculiar naturaleza del “agente neutral” de la estadidad: el paladeo del símbolo parecería contrarrestar efectivamente los síntomas de desnutrición.

La independencia no es el “agente neutral” reconocido universalmente por los países del mundo, sino que en el experimento social puertorriqueño ha adquirido más bien una función de sinónimo agrio. Como dijera recientemente un buen votante del PNP: “yo compro mis vegetales en una megatienda y no los saco de una finca”. La campana de la independencia significa bancarrota, ruina, corrupción, violencia, narcoestado, más del 50% de la población por debajo de los índices de pobreza. El hecho de que estas características sean las definitorias de nuestro presente, es una comprobación de la arbitrariedad que caracteriza al “agente neutral”. La “comida” de la independencia lleva un siglo lost in translation.

Somos un pueblo de canes, pero de satos a perros de raza, todos pasamos desde chicos por el laboratorio de Pávlov. Allí nos inmovilizan y nos meten un aparato en la boca. Al principio nos alimentan a hora fija, pero pronto alguien introduce el “agente neutral” de la campana y se desatan las falsas promesas, los desvaríos y los fantaseos y fantasmas de las mitologías políticas. No obstante, con nosotros el experimento tiene una variante. La campana no se asocia con comida, sino con el convencimiento de que pasaríamos hambre fuera del laboratorio. El experimento se ha convertido en la vida misma y es imposible concebirla sin tener en la boca un aparato que mida nuestra salivación.

Ha llegado la temporada en que los políticos están seguros de que el entrenamiento dará frutos. Siempre lo ha hecho, solo hace falta hacer sonar la campana para provocar la parálisis mental. A partir de ahora, la campana se custodiará día y noche por una multitud de guardias en la Comisión Estatal de Elecciones, y se asegurará que en el laboratorio todas las cortinas estén corridas para que nadie pueda ver el exterior. La Fortaleza debería llamarse el Palacio de Pávlov.

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