Eudaldo Báez Galib

Punto de vista

Por Eudaldo Báez Galib
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El pandemónium de la pandemia

El ambiente es más revuelto bajo la superficie del ya agitado mar de la pandemia. Allí los carroñeros (buitres y barracudas) y los politicastros (los que asquean gobernanzas) juegan mezquinamente con la vida de muchos. Los medios noticiosos nos presentan a diario los de allá y los de acá.

Al igual que a los fabricantes de armamentos les son convenientes los conflictos bélicos, a ciertos sectores del inversionismo financiero, y algunas figuras que dependen de presencia mediática, les convienen los eventos de dolor humano—hoy, pandemia. Aquellos trafican su inmoralidad inversora. Los otros, la publicitaria. No responden al dolor humano. Es al clamor de sus bolsillos.

 Especialmente los que se inyectan, cuando sufrimos crisis, para trucar en la cadena de supervivencia de bienes y servicios mediante subterfugios políticos, financieros, enchufistas o nepotistas. No me refiero a los funcionarios públicos que viabilizan la corrupción pues eventualmente son delatados por sus manejadores en defensa negociada, sino a esos mismos manejadores que maquinan para beneficiarse de los fondos públicos pero que, mediante iguales subterfugios, evaden ser ajusticiados. 

Por fortuna nuestro periodismo destapa y reseña, luego de cada golpe de la naturaleza, las maquinaciones de ese mundo exclusivo—la trastienda en el Centro de Convenciones Pedro Rosselló cuando Irma y María (que operó en la renuncia del gobernador Ricardo Rosselló), los alimentos y equipos escondidos y otros tantísimos y desafortunados etcéteras. Pero, por lo menos nos enteramos, aunque luego ocurre un aparejamiento entre nuestro fanatismo ideológico y doña amnesia.

Estamos ante un evento de proyecciones catastróficas. Para amortiguarlo, sabemos ya, habrá dinero disponible. Lo que estimula el apetito de la carroñada. Salivan, pues con o sin la Junta, o un Almirante Trumpista con toda su Guardia Costera, o contralorías internas y externas, o FBI con servicio de taxi gratis o un batallón de “whistleblowers”, pueden activar el síndrome de Whitefish y replicar el  huracanado “Centro de Convenciones Rosselló”. 

 Así pues, las estrellas se alinean. Hay el evento catastrófico, viene dinero suficiente, los cabilderos calentarán motores, tenemos funcionarios hambrientos de “morder” y un esquema gubernamental ávido al “manoseo”, y con experiencia. 

Finalmente aceptemos que hemos permitido la corruptela, por dos razones, que mientras existan, la hace inevitable: el imperio del régimen de mentiras y el de impunidad. El primero lo evidencia, como “modus operandi” satisfactorio, el récord histórico, aunque camuflado. Lo segundo sufre del mismo y trágico trinomio del periodismo investigativo: tinta y papel-aplausos-“shredder”. 

Por eso un país que no exige consecuencias, sufre consecuencias.

Y, ahora, no solo enfrentaremos el inmenso dolor de lo que será, según los expertos, una catástrofe que tomará muchas vidas, sino también sufriremos una profunda desesperanza obsequiada por carroñeros y politicastros a la sombra del pandemónium, por el fundado temor de que los dólares no lleguen a Cantera, Bucarabones, Collores, Juan Alonso o Indiera Fría. Que aparezcan en el “heaven” bahameño. ¡Ah y, obviamente, sin consecuencias!


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