José Gabriel Martínez Borrás

Punto de vista

Por José Gabriel Martínez Borrás
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El paquete de estímulo federal: detrás de la retórica

El gobierno federal de los Estados Unidos llegó a un acuerdo bipartito sobre un nuevo paquete de estímulo a la economía ante la pandemia del COVID-19. Para todos los efectos, es una bonanza corporativa y migajas para las clases asalariadas norteamericanas.

El paquete incluye más de $2 billones para ayudar a paliar el efecto económico del coronavirus. Con más de tres millones de estadounidenses solicitando el desempleo la semana pasada (un nuevo récord), la coyuntura se ha descrito como una “guerra”. 

De hecho, es el estímulo más grande aprobado de manera unánime, el cual incluye $377 mil millones en préstamos garantizados a nivel federal a pequeñas empresas, un programa de préstamos gubernamentales de $500,000 millones, pagos de desempleo ampliados, pagos directos en efectivo y ayuda para hospitales.

Detrás de la retórica, hay una pobreza en la ideología que sostiene este proyecto. No hay duda de que la pandemia necesitaría de una respuesta inmediata de parte de las fuerzas del Estado en relación a la salud de la ciudadanía y en su impacto económico. Pero la ley final demuestra el rápido deterioro del liderazgo estadounidense y de su modelo mundial. 

Empresas transnacionales, con fuertes enlaces al gobierno, manejan proyectos ineficientes y quiebras sustanciales. Como recompensa a ello tendrán acceso a un barril de tocino corporativo. Dentro de la ley hay toda una serie de resquicios legales que les permitirá utilizar el fondo para aumentar las ganancias de sus accionistas, financiado por los contribuyentes. Estamos ante un escenario similar ante la respuesta gubernamental a la crisis del 2008, con sus graves consecuencias socioeconómicas y políticas. El presidente Trump ha dicho que no habrá auditoría ni supervisión en la implementación del barril de tocino para las corporaciones transnacionales. 

En apoyo a la base de la economía, las clases asalariadas, sí hubo importantes concesiones en materia de la expansión de los beneficios de desempleo, relajación del pago de las deudas estudiantiles, y la inclusión de trabajadores informales y por cuenta propia. Aun así, la ayuda de una sola entrega de $1,500 por individuo (mayor a familias) es muy escasa debido a las condiciones de la mayor parte de la ciudadanía, y en comparación con el apoyo a largo plazo de otras naciones desarrolladas. 

En vez de promover legislación que implique la construcción de un estado del bienestar, que favorezca importantes reformas hacia la salud pública, estableciendo un sistema preventivo que maneje esta y futuras pandemias, se favoreció una legislación pro corporativa. 

En fin, el paquete impide las reformas necesarias y mantiene los efectos que a largo plazo han debilitado a los Estados Unidos en el escenario mundial: un rápido deterioro de su calidad de vida y la acumulación de la riqueza en pocas manos, consolidando monopolios y oligopolios y una industria financiera desregulada que no aporta a elementos productivos. El mal manejo de la pandemia ya ha convertido a los Estados Unidos en el centro de mayor contagio. 

La crisis nos plantea un cambio coyuntural de gran envergadura: necesitaremos de políticas públicas en apoyo a una transformación esencial de nuestros estilos de vida, necesaria para mantener una economía vibrante y una población saludable. Porque al fin a y al cabo, la economía es la salud de la población.  

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