Wilda Rodríguez

Tribuna Invitada

Por Wilda Rodríguez
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El pasme nacional ante la crisis

Nos gusta suponer que la austeridad se refiere a la prudencia, la frugalidad y el ahorro. Pero eso define únicamente la austeridad personal. La austeridad económica del estado es otra cosa: impuestos y reducción del gasto público mediante recortes en servicios y beneficios.

Si llamáramos las cosas por su nombre estaríamos mejor preparados para lo que se nos impone, sin aspavientos y sin ilusiones.

No lo estamos. La mayoría de los puertorriqueños está en un compás de espera y no sabe de qué. Pasmada. Diríamos que está en una quietud agazapada. La fantasía de que si nos quedamos quietecitos el animal no nos ataca.

La realidad es que el monstruo grande que pisa fuerte ya comenzó a atacar.

Contrario al período especial en Cuba en los años noventa, donde los efectos de la crisis económica como resultado del colapso de la Unión Soviética y el recrudecimiento del embargo estadounidense fueron súbitos, los nuestros se regodean. Van entrando despacito a cada hogar puertorriqueño de los sectores pobre y de clase media trabajadora.

Eso es precisamente lo que evita que el país en pleno se percate y reaccione como quisiéramos muchos que reaccionara. No va a pasar. La incertidumbre y el miedo a lo desconocido pasman a cualquiera. La ignorancia predispone a aceptar las ofertas del poder por miserables que sean.

Para los pobres –redefinidos por el gobierno como los más vulnerables– la oferta del gobierno, según la explica magistralmente la especialista en pobreza Linda Colón, es la estadidad con una ciudadanía segura para transitar entre los polos de la pobreza de los estados y del paisito y aprovechar al máximo las ayudas del “welfare”. Eso, nos dice la doctora Colón, es la exclusión del bienestar sustituida por la conformidad.

Para la clase media la oferta es el desafío a que se reinvente. Que haga limonada de limones y aguce las tretas del débil, la gansería y la salvación individual.

Para ambos sectores, la oferta es contra la solidaridad. Contra la organización desde la necesidad.

Frente a eso tenemos la falta de un proyecto de país alternativo. Obvio que ya no podemos esperarlo de los partidos coloniales. El que está en el poder hace lo imposible por mantenerse vigente levantando el hombro como los luchadores libres en la lona para que no le cuenten hasta diez. El que se supone sea su oposición cosmética ya sencillamente no existe.

Por el otro lado, quienes se espera que presenten ese proyecto de país alternativo están tan divididos y dispersos que no han podido hacerlo.

Mientras tanto, los quietecitos esperan al evento de cada cuatro años como si sirviera de algo. Esta vez esperan bien confundidos, porque aún dentro del pasme nacional reconocen que las posibilidades para ese evento son ahora mismo turbias e imprecisas.

Esta semana una amiga política me decía que se debía medir lo que piensa el país para saber por donde encaminar las estrategias políticas. Yo pienso que medirlo en este momento no valdría la pena. Habría que saber medir desde el engaño y eso no produce nunca un resultado confiable. El mejor ejemplo son las encuestas que se hicieron sobre el plebiscito del 11 de junio. La mayoría de los puertorriqueños está actuando desde el disimulo y no se dice la verdad ni a sí misma.

La única salida la tienen los que busquen una alianza que permita presentar un proyecto alternativo sin pensar en el evento de cada cuatro años. Cómo se configure ese proyecto en términos electorales no debe ser la prioridad ahora. Lo tiene que ser el proyecto en sí.

Si lo trabajamos con honestidad, las posibilidades de ese proyecto deberían caer en su sitio en un par de años. Despacito hasta intervenir el pasme nacional.

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