Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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El peor de los escándalos en el peor momento

A una persona con la formación castrense, política y profesional de Noel Zamot, no se le escapan las cosas por casualidad, delante de una periodista sagaz —Joanisabel González, de este diario— y en el marco de una conferencia de inversionistas.

Pocas horas antes de abandonar su puesto como coordinador de Revitalización de la Junta de Control Fiscal, reveló lo que todo aquel con dos dedos de frente ya se sospechaba: en este país, cuando se anuncia la llegada de una partida grande de fondos federales, se produce una explosión atómica, las partículas de ética quedan suspendidas, probablemente congeladas, desciende la oscuridad cerrada.

Se desatan los jefes de agencia, los funcionarios de alto rango, los cabilderos de distinto pelaje y los correveidiles de poca monta. Se agita la marabunta trepadora y no hay dios que la controle.

Bueno, solo hay que pensar que este hombre, que es coronel retirado de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, y fue el primer comandante hispano de un grupo de élite de pilotos de prueba, no ha podido con esto. Con la de cosas que habrá tenido que enfrentar en los cielos, no ha podido con la caterva de tramposos que se enteraban de un proyecto y corrían a copiarlo para presentarlo ellos.

Yo no tengo la menor duda de que cuando perdió las esperanzas de poder encaminar su trabajo, fue y se lo planteó a la Junta, y los de la Junta le dirían que presentara su dimisión, porque para denunciar lo que ha denunciado, tenía que hacerlo con un pie ya en la calle.

Esa fecha del 15 de marzo estaba estipulada desde enero, o quien sabe si desde antes, con todo y la espinosa declaración. Lo que sí creo que es casualidad, y no estaba programado, es que el viernes pasado, día en que el escándalo repercutía en todas partes (con esperpénticos golpes de pecho en la Legislatura), se reunía en la isla la célebre comisión de la Cámara de Representantes federal, que intentaba recopilar información sobre el cumplimiento de la Ley Promesa. Pues ahí les dejaron una muestrita de la manera en que se aplican las determinaciones de Promesa. Y se las dejó el señor Zamot, que supongo que no tiene necesidad de meterse en chismes partidistas ni empañar su reputación.

Los golpes de pecho a que me refiero, en el Capitolio, fueron los del portavoz de la mayoría senatorial, Carmelo Ríos, quien clamaba por radio que Noel Zamot debía “arrancar ahora mismo para la Avenida Chardón”, para proveer los nombres y apellidos de los implicados en el escándalo. Nótese el fino uso del verbo arrancar. El otro comentario legislativo salió de la boca del representante por Carolina, Ángel Matos García, que, sin que a nadie le hubiera pasado por la cabeza que podrían atentar contra Zamot, dijo que “El señor Zamot corre inminente peligro y debe ser protegido por el estado”.

A mí me parece que el señor Zamot sabe cuidarse solo —no se habrá cuidado él pilotando aviones de combate— y lo último que necesita es que “el Estado”, como clama Ángel Matos, le ponga guardaespaldas. Qué pesadilla, ahí sí tendría que asustarse. Además, para eso están las autoridades federales. Las preocupaciones de Ángel Matos que las comparta con la almohada y que no se las ponga en la cabeza a nadie.

Otro que se expresó fue el presidente del Senado, Thomas Rivera Schatz, quien pidió a las autoridades federales que citen a Zamot, y añadió que él estaba dispuesto a ofrecerle inmunidad para que declarara ante el Senado. O sea, Rivera Schatz, él, ¡él!, pretende darle inmunidad a Zamot.

Ya que andan dándoles tantas órdenes al FBI y al saliente coordinador de Revitalización, estos legisladores deberían preguntarse si acaso Zamot no es un “cuadro” a prueba de bombas para el Gobierno de los Estados Unidos, especialmente para el Departamento de Estado y el Tesoro, y si, aparte de su interés en revitalizar, no habrá estado ahí todo ese tiempo para hacer lo que sin duda ha hecho: observar, escuchar, hacerse una idea cabal de los chanchullos, averiguar cómo operan las agencias, cómo se mueven los funcionarios, como reacciona La Fortaleza de cara a una inversión multimillonaria, un desembolso de fondos inédito en la historia de Puerto Rico. Ese hombre no es un advenedizo, y el salario que le asignaron se lo gana en cualquier lugar de Estados Unidos o de Europa con el pedigrí y la formación que tiene. Se deja caer en China, en Rusia o en Alemania, y se lo rifan.

Y aquí Carmelo Ríos le dice que “arranque” para la Chardón; Ángel Matos advierte que su vida corre “inminente peligro”, y Rivera Schatz le promete inmunidad. Es que esto es un sainete. Un sainete inútil, porque en mucho tiempo no ha habido un paso más delicado que este que se ha atrevido a dar Zamot, y, como respuesta, el Ejecutivo y los legisladores alardean. Parecen muchachos, o boxeadores en el pesaje.

Solo hay que esperar las consecuencias, y no me refiero a la cuestión de los delitos en que algunos habrían incurrido, si en efecto incurrieron en ellos.

Me refiero a las consecuencias de mayor nivel, aquellas vinculadas a las decisiones de Washington con respecto a Promesa, a los poderes de la Junta, a la supervisión y control de una auténtica fortuna que está visto que no puede quedar a expensas de los vaivenes políticos partidistas de la colonia. Me refiero a la desconfianza que inevitablemente levantan las declaraciones de Zamot: una persona que aterriza en Puerto Rico como oficial de Transformación en la Autoridad de Energía Eléctrica, y, al no conseguirlo, obtiene un puesto clave con acceso a información vital de los proyectos que se presentan, y los escollos y movidas que empiezan a salirles al paso.

La encomienda ha terminado. Se va mi coronel y deja una demoledora estela.

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