Efraín J. Rivera Rodríguez

Desde la diáspora

Por Efraín J. Rivera Rodríguez
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El peor enemigo de los puertorriqueños

Me levanto. Nos formamos. Ejercitamos. Así comienza oficialmente la mayoría de mis días. Una de las tradiciones mañaneras que más espero es el desayuno, la llamada a la isla y el consumo del periódico de ayer desde Corea a través del crisol de mis amistades “facebookianas”. 

Dentro de la histeria colectiva en los estados y Puerto Rico, dentro del conflicto local del siglo gobernador versus junta y de los líos familiares a resolverse por Facebook live hay un conglomerado de titulares en particular que simplemente choca. “Remueven el Columpio de Ceiba por acumulación de basura”, “Los girasoles de Lajas van a desaparecer”. Y de discusión cibernética en discusión cibernética un amigo de un amigo muy certeramente declara: “la puertorriqueñidad está rota”. 

El peor enemigo del puertorriqueño ataca nuevamente, le comentaba a una amiga residente de la isla, en estos días. No es nada reciente. Se ha tornado periódico los escritos a favor o en contra de los que emigran o los que se quedan por lo mal que va todo, quien se lleva la culpa. Y sinceramente: ¿a quién no le gusta una buena historia de malos contra buenos, donde los buenos a pesar de todos los obstáculos, logran salir victoriosos?

Pero en esta historia lo único que lleva encanto es el apodo de Puerto Rico y la realidad es bastante evidente: somos nuestro peor enemigo. Nosotros, los ciudadanos de a pie, nos hemos echado al hombro la tarea de destruir a las microempresas que tratan de aprovechar las maravillas que nos da nuestra isla. En esta historia, la isla no está solo asediada por el Gobierno y el peso de sus acciones irresponsables o la junta con sus raíces coloniales. En esta historia nuestra isla esta asediada también por sus propios ciudadanos. Nos hemos enfocado tanto en lo macro, en las obras y reformas grandiosas, en apostar todo sobre los hombros del hombre ilustre de nuestra predilección y expiar nuestras culpas en las urnas que hemos olvidado que es sobre los hombros del hombre común que se fabrica la sociedad puertorriqueña.

Nosotros nos servimos la comida en el cafetín de la esquina, nosotros usamos y limpiamos el baño público del balneario preferido, nosotros visitamos el Columpio de Ceiba y le dejamos nuestros desperdicios individuales. Nosotros brincamos la verja y recogemos girasoles ajenos mientras declaramos el acto al mundo a través de “selfies”. Tú y yo, los que en la isla decidimos actuar “como buenos puertorriqueños”. Tú y yo los que al leer esa frase sonreímos y entendemos exactamente lo que significa. ¿Hasta cuándo aceptaremos esto como verdad y orgullo patrio? 

Mientras la culpa y la responsabilidad sean ajenas, no atacamos la raíz del problema. Miremos menos al televisor, el teléfono y las noticias; miremos más al espejo y recordemos todas las pequeñas acciones diarias o falta de ellas hacia nuestros iguales. No hace falta más que un buen vistazo para darse cuenta de dónde proviene el problema.  

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