Benigno Trigo

Tribuna Invitada

Por Benigno Trigo
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El perdón del artista

En un viaje a Roma, cuando era niño, comía en una trattoria cuando mi padrastro nos dijo, ¡no miren! ¡En la mesa de al lado está sentado Burt Lancaster! Yo no sabía quién era él, pero creo que había visto recientemente Local Hero, y me preparé para mirar. Mami se dio cuenta y me paró en seco. Me dijo que lo dejáramos quieto. Que no invadiéramos su privacidad. Ella sabía lo difícil que era mantenerla. Quise seguir su consejo, pero al final no pude. Al salir del restaurante me di la vuelta y lo miré. Sentí el peso de lo que estaba haciendo. Lancaster me vio y se sonrió.

Hace poco volví a sentir el mismo peso. Estaba de visita en Puerto Rico, atendiendo asuntos familiares. Era tarde y estaba cansado. Fui a tomarme una sopa en mi restaurante italiano favorito. Me senté en la barra y el bartender se dirigió a una persona sentada dos sillas más abajo. Lucecita, le dijo, ¿en qué la puedo servir? No quise mirar, pero lo hice de todos modos. Estaba vestida de manera sencilla. Llevaba una chaqueta blanca arremangada. No llevaba prendas. Solo tenía un brazalete sencillo en la muñeca. Llevaba puesta una gorrita de baseball. Hablaba de manera casual y cordial con la persona que tenía sentada al lado. Su voz tenía un timbre familiar. Pensé en Mami y en su advertencia.

Me traté de aguantar, pero al final me acerqué. Le dije que me perdonara pero que había oído que la llamaban Lucecita y me preguntaba si en efecto era... No me dejó terminar. Sí, sí, me dijo en voz baja, soy Lucecita Benítez. Me sonrió. Le hablé de Mami, de su revista literaria y de la entrevista que le hicieron en el primer número de Zona. Cerró los ojos. Se acordaba de ella, me dijo. Hablé nerviosamente de más. Me escuchó pacientemente. No pude evitar la tentación y le hablé de Julia de Burgos porque sabía que era una escritora que las dos admiraban. Me habló de su cd Luz en Julia y me dijo misteriosamente que había algo de Burgos en ella y algo de ella en Burgos. Al final me dio un abrazo, recibió mis gracias con gracia, y se fue caminando.

Me quedé pensando en la “Canción amarga” de Burgos. ¿Por qué irrumpimos en el mundo de los artistas que han tenido en sus manos las estrellas? ¿Qué nos mueve a buscar su caricia que al final es inútil? ¿Qué hay en el timbre de su voz que no rompe la tragedia de la existencia? Burgos contesta: “ser y no querer ser es la divisa”. Los que nos une, dice, es el peso que sentimos cuando somos, aunque no queramos ser. Nuestra moneda de cambio, dice, es que nos damos la vuelta y miramos aunque no queremos hacerlo. Con su escucha, con su sonrisa, con su gracia y con su arte, el artista perdona nuestra desobediencia, y esto tal vez nos ayuda a perdonarnos a nosotros mismos.

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