María Enchautegui

Tribuna Invitada

Por María Enchautegui
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El pisoteo a Jaresko y Keleher

En los últimos meses he escuchado muchas veces en los medios, ya sea moderadores, analistas o periodistas, así como invitados en el estudio o participantes que llaman por teléfono a programas de opinión, referirse a Natalie Jaresko, directora ejecutiva de la Junta de Supervisión Fiscal, y a Julia Keleher, secretaria del Departamento de Educación como “la Jaresko” y “la Keleher”, respectivamente.

El artículo “la” en referencia al nombre de una mujer tiene una larga historia.  Y no es alagadora. Se utiliza comúnmente para referirse a mujeres de baja categoría y ciertamente a las mujeres de la calle, mujer fácil, mujer liviana.  El término se usa cuando se tiene poco respeto por esa mujer y no se toma en serio.  

Cuando yo me criaba oía a las mujeres de mi barrio usar el término “la” antes del nombre de una mujer como queriendo decir otra cosa. Aunque es solo un artículo de dos letras, en estos casos su significado se convierte en un adjetivo.  Hay que destacar, además, que al nombrar a una persona, al cambiarle su nombre estamos ejerciendo un acto de poder.

Cuando al nombre de las mujeres se le añade el “la” se pretende ejercer un acto de poder sobre estas mujeres al llamarlas básicamente “como a mí me da la gana”.  No es Jaresko, es “la Jaresko”, “la” con minúscula.  No es Keleher es “la Keleher”.   Entre los que así las llaman parece que el apellido por sí solo no recoge el sentimiento y se le añade “la” en forma de pisoteo y para recalcar el disgusto.  

Como rara vez oigo referirse a “el Rosselló”, “el Padilla”, “el Schatz”, “el Fajardo” o “el Anaudi”, mucho menos en forma regular, me pregunto por qué así a estas dos mujeres. 

Ambas mujeres tiene varias cosas en común. Ambas son extranjeras, ambas ganan mucho dinero y ambas están sacudiendo al sistema.  Tal vez de ahí el odio.

A Natalie Jaresko y Julia Keleher las llamamos por sus apellidos.  Sin embargo, llamar a una mujer por su apellido en la cotidianidad del “confort” de la política puertorriqueña es raro. Lo común es que a las mujeres se les llama por su nombre, tu sabes, de cariño: Sila, Jennifer… El titular de un artículo de un rotativo de circulación nacional el de 2 de febrero de 2012, al referirse a la entonces presidenta de la Cámara,  leía: “Cucusa  radica querella ética contra administradora de los Tribunales” y un diario digital, en mayo 19 de 2016, leía “Tribunal Supremo ordena a Mayita divulgar contrataciones en Ponce”. Mientras, esta semana escuchaba en la radio la pregunta de quién iba a juramentar al alcalde entrante de Guaynabo y el moderador decía “que lo juramente Liza”.

Al llamarlas por sus apellidos, los que así las llaman, subrayan, en el caso de Keleher y Jaresko, su condición de extranjeras, pues sus apellidos no son españoles. De esta manera, las distanciamos, las otrorizamos, le decimos “no eres de las nuestras”.  Pero, entra el segundo elemento. A Natalie Jaresko y Julia Kaleher, además de llamarlas por sus apellidos, le enganchamos el “la”, enfatizando el pisoteo, el desdén, el disgusto.

No nos equivoquemos.  La expresión “la” antes del nombre o apellido de una mujer es sexista, aún en estos tiempos.   Pero como son mujeres que parece que a muchos no les gustan, lo justificamos, lo repetimos, y lo pasamos sencillamente como una expresión inocua.  Yo como mujer no puedo acogerme a expresiones que son sexistas, aunque sean a mujeres con las cuales puedo tener alguna discordancia. Quisiera, igualmente, que los analistas, comentaristas, periodistas y el público en general piense en sus palabras y hagan lo propio.

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